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Taize-prayer

El sentimiento de soledad es una ilusión. Por encima de los acontecimientos fragmentarios de nuestra historia y en cada uno de ellos hay una comunicabilidad inevitable fruto de la constitución de nuestro ser. Hemos nacido de Dios y estamos destinados a hacernos divinos. Existe un nosotros inicial formado por Dios y nuestro ser, que es indestructible. Dios es el Tú fundamental de toda alma humana. Dios es más íntimo a la persona que la persona misma; vive con su vida, es inmanente a su destino y asociado, por tanto, a sus desgarros. Sufre en nosotros la aventura de nuestro destino. Saca el máximo de amor de todas nuestras peripecias. Y si nos pervertimos y caemos sigue amándonos inmutablemente y su llamada permanece para siempre. Dios es la causa esencial de cada conciencia y solamente él tiene el secreto total de nuestras vidas. En el nosotros su presencia creadora nos contiene a todos. Y cuanto más universal sea nuestra personalidad, más originales somos y más fácilmente mantenemos nuestra irradiación.

El yo no es más que una etapa; el nosotros es un fin y la soledad un medio de percibir los valores. Dios es quien promueve todo amor y que está presente en todo amor. La relación de nuestra persona y Dios es la más fundamental y continua que cualquier otra, pero es la menos igualitaria que las demás. El conocimiento de Dios es posible gracias a una especie de cortocircuito donde él se nos comunica plenamente. Tiene una eternidad de tipo único, que no comporta ni pasado ni futuro.La eternidad no es nada más que la toma de conciencia del carácter absolutamente interno de las relaciones duraderas.

El nosotros es una forma de ser con un crecimiento conjunto ilimitado. Si bien Dios está presente en todas las conciencias, es el mismo Dios en el que todas se encuentran. El tú eterno que cada conciencia encuentra en ella misma y que le precede, completa y termina la acción creadora ejercida sobre ella por las personas que la aman. La relación en donde dos seres queridos se encuentran, no se da ni en el yo ni en el tú, sino en el nosotros. Así, en las conclusiones de su libro La reciprocidad de las conciencias, Maurice Nédoncelle puede afirmar: “Solo en la divinidad se congregan las comuniones. En consecuencia, el orden personal escapa por entero a las ideas generales; está en la naturaleza, pero la naturaleza no lo alcanza en su esencia, porque no se funda en un concepto de personalidad o de interpersonalidad, sino en un Espíritu concreto, que es Dios mismo. La Persona con la que todos comulgamos no es una idea, sino un nombre propio; y cada uno de nosotros es único en ella y por ella. Pero cada conciencia retiene también un crecimiento desigual, una esfera de influencia precaria, y su propia orientación implica una disparidad interna” (nº 272, Caparrós Editores, Madrid 1997, 310).