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La mente humana intenta comprender a fondo como está constituida la realidad y, al hacerlo así, se constata que la mente y la realidad están en sintonía como si hubiese un plan de ordenación conjunta del universo. Así, la ciencia moderna ha surgido y se ha desarrollado gracias a la creencia de que el mundo está configurado conforme a un orden inalterable. Esto es lo que reconoce el propio Einstein: “Aunque es cierto que los resultados científicos son enteramente independientes de cualquier tipo de consideraciones morales o religiosas, también es cierto que justamente aquellos hombres a quienes la ciencia debe sus logros más significativamente creativos fueron individuos impregnados de la convicción auténticamente religiosa de que este universo es algo perfecto y susceptible de ser conocido por medio del esfuerzo humano de comprensión racional” (Cf. HEISENBERG Y OTROS, Cuestiones cuánticas, Kairos, Barcelona 1987, 170).
El orden que resplandece en las formas nos acerca a su esencia, pues cuanto más nos acercamos a la esencia de las cosas, más descubrimos el reino apacible del orden. A veces nos encontramos con obras perfectamente acabadas, que no despiertan nuestro entusiasmo. Esto se debe a la falta de intimidad, o, lo que es lo mismo, ausencia de un principio configurador que aúne las distintas partes. Según Alfonso López Quintás: “Se trata de la corriente de energía interna que otorga unidad y vida al conjunto de la realidad contemplada. Se trata de algo real y fuente de realidad, pero insensible con los meros sentidos. Se trata de algo profundo que se da en un plano superior al fluir puntual de las impresiones sensoriales. Lo expresivo es bello por ser revelación de lo profundo y la belleza es el halo de luz que orla a la vida en su proceso genético de constitución expresiva” (Cf. A. LÓPEZ QUINTÁS, El enigma de la belleza, DDB, Bilbao 2016, 112).