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comunidad eclesialSiguiendo las indicaciones de George Augustin, Catedrático de Teología Fundamental y Dogmática en la Escuela Superior de Filosofía y Teología de Vallendar (Alemania) en su libro Por una Iglesia de salida con el papa Francisco, Sal Terrae, Santander 2015, podemos señalar algunas características o impulsos que alienta el papa Francisco según este autor:
• “Debemos distinguir entre una dimensión visible y otra invisible de la iglesia, sin que resulte posible separar ambas. Si la Iglesia no es experimentada como esta realidad divino-humana, lo divino de la Iglesia permanece oculto para los hombres y ella parece una suerte de asociación religiosa, institución benéfica o organización no gubernamental… La imagen de la Iglesia que el papa Francisco emplea una y otra vez en la Evangelii gaudium es esta imagen de ‘pueblo de Dios’” (Pág. 85).
• “El papa Francisco acentúa que la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado (EG 139). El modelo de esta Iglesia es María.Ella es prototipo de la fe, puesto que vivió la relación más profunda con Jesús. En las distintas fases vitales de su hijo, tuvo que decir una y otra vez sí al camino recorrido por este” (pág. 87).
• “Dios ha regalado al mundo la iglesia como comunión fundamental en la unidad divina misma a modo de sacramento de la unidad, porque quiere la unidad de los seres humanos; en esta unidad cobra forma en el mundo toda la profundidad y plenitud de su amor. A ello se dirige el anhelo de la verdadera Iglesia, y su cumplimiento es efecto de la gracia del Espíritu Santo. Colaborar en esta realización del plan salvífico de Dios es nuestra respuesta creyente a la llamada y la gracia divinas” (pág. 95).
• “La Iglesia ha tomado una opción por los pobres, que debe entenderse como preferencial en el sentido en el que el amor se vive en forma concreta. La invitación a ser solidarios con los pobres y necesitados no tiene que ver únicamente con al praxis del humanitarismo, sino que se trata de un encuentro con Dios. Pues Jesucristo mismo se identifica cion los pobres y los necesitados de ayuda” (pág. 107).
• “En una época como la nuestra, en la que se pierde a Dios y en la que la experiencia de la ausencia de Dios resulta perceptible no solo en la sociedad secular, sino también crecientemente en la Iglesia, esta se encuentra ante un desafío desconocido hasta ahora: aprender de nuevo a explicar las riquezas de Jesucristo y a decir quién es Dios para nosotros y quiénes somos nosotros ante Dios, quien es Jesucristo y qué significa para nosotros” (pág. 111).
• “Con la vista puesta en la unidad ecuménica del cristianismo, el papa Juan Pablo II acentuó reiteradamente que la Iglesia debe aprender a respirar con sus dos pulmones, el oriental y el occidental. Esta imagen podemos trasladarla también, con algunos retoques, a la lucha intraeclesial de bandos. Debemos aprender a conjugar desde un espíritu de reconciliación la llamada ala conservadora y la llamada ala liberal de la Iglesia. La identidad católica es una identidad abierta, y la Iglesia no puede excluir a nadie que crea en Jesús y quiera vivir en comunión con él y con el conjunto de los cristianos” (pág. 129).
• “El desafío para todos nosotros es salir de nosotros mismos al encuentro de las personas con el mensaje de amor, misericordia y reconciliación, trasmitiendo hoy a los seres humanos el Evangelio de Jesús como una oferta de sentido consistente. Nuestra tarea consiste en mantener abierto el espacio de la trascendencia, creando con ello las condiciones para que los hombres descubran a Jesucristo y su Evangelio como la verdad de sus vidas. Una Iglesia que sea signo e instrumento de cielo abierto siempre será misionera” (pág. 138).
• “Una cultura inspirada por la fe cristiana aspira a una sociedad civil en la que sea posible el desarrollo de los individuos en el contexto de la solidaridad vivida con otros. Coloca en el centro el bien de la persona entera y de todas las personas. De ahí que esta cultura sea universdalmente comunicable, esté abierta al mundo y posibilite a todas las personas de buena voluntad – con independencia de su adscripción religiosa – entablar un diálogo recíproco y configurar, como una sola familia humana, nuestro mundo de manera justa y humana, transformándolo para bien” (pág. 145).
• “El diálogo interreligioso no debe confundirse con el habitual relativismo en el que todo es declarado igual de válido y se renuncia a la propia identidad. La finalidad del diálogo es encontrarse con el extraño, a fin tanto de entender en mayor profundidad lo propio como de reconocer de verdad la riqueza de lo diferente. Solo interlocutores conscientes de su propia identidad pueden descubrir lo bueno, verdadero y bello que hay también en el otro, experimentando como enriquecimiento para la propia fe y ser realmente tolerantes con las convicciones ajenas. El diálogo auténtico, más que persuadir, convence. Da razón de la esperanza que albergamos y nos sostiene (cf., 1 Pe 3, 15). De ahí que el diálogo no sea un asunto meramente intelectual, sino una forma de vida, una búsqueda común de la verdad de la vida” (pág. 147)