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Icono ternura

Cuando nos alejamos de los grandes valores, como la unidad, la bondad, la verdad, la justicia, la belleza, que son el hogar del espíritu, enfermamos. Estos valores, que no son entes concretos como los que tenemos a diario, son reales y generan actitudes y acciones buenas, justas, verdadera, bellas, generadoras de unidad. Esta es la convicción de Romano Guardini al afirmar que “la persona, en cuanto tal, peligra cuando se desvincula de las realidades y normas que son la garantía de la persona: la justicia y el amor” “Si el espíritu abandona la verdad, enferma” (Cf. Mundo y persona, Madrid 2000, 106-108).
Así, cuando nos encontramos ante la belleza, con su inmensa fuerza de atracción, nos sentimos trasladados al reino de lo divino. Cuando nos encontramos ante un icono o uno de los grandes cuadros del arte cristiano, se nos revela la Belleza o al menos un rayo de su esplendor. Es por esto que el entonces cardenal Ratzinger podía exclamar: “Estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello” (Cf. “La contemplación de la belleza”, en Humanitas X (2005) 86-87). La santidad y la belleza que la fe genera son una prueba tangible de la existencia de Dios. Y esta es también la confianza del escritor ruso Fedor Dostoievski cuando señala: “La belleza salvará al mundo”  (Cf. El idiota, p. III, cap. V).