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silencio interior

La belleza, como la simpatía, la afabilidad, el encanto o la bondad se nos manifiestan por vía de presencia, sin necesidad de llegar a estas a través de razonamientos. La belleza artística va unida a la inspiración, es decir cuando una obra tiene “alma”, es decir, viene del corazón y apela al corazón. Esta es la razón de que una obra de arte nos emocione.

Pensemos en el arte oriental de los iconos: no solo representan realidades sagradas, sino que las hacen presentes. Estas imágenes, fruto de la inspiración, adquieren una dimensión trascendente, se abren a un horizonte ilimitado. Los símbolos tienen una condición relacional. Como dice el papa Juan Pablo II: “Ver a Dios es encontrar el Rostro, no una energía impersonal, amorfa, sino un Rostro, precisamente, porque el amor siempre tiene un rostro… La mirada (después de la encarnación) es verdadera fuerza expresiva del espíritu y de la vida espiritual” (La Capilla”Redemptoris mater” del Papa Juan Pablo II, Monte Carmelo, Burgos 2002,180-181).

La belleza, pues, es enigmática, aunque no irracional. Es esquiva a todo intento de adueñarse de ella. Se nos muestra por caminos distintos de como apresa intelectualmente la  racionalidad. Más bien se rige por el “principio estético de conocimiento”, que es una invitación a entrar. Y si una persona se deja atraer por la belleza y se encamina tras ese encanto, entonces se desvelan los contenidos, sus misterios. Se trata de una nueva fuente de conocimiento basada en la atracción de la belleza, que suscita el amor, y este es el principio cognitivo verdadero y justo que abre las puertas del conocimiento.