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La Inteligencia Espiritual (IES) se adentra en el desierto interior de la persona, mediante el silencio, para sumergirse en el misterio de Dios presente en lo más íntimo de nuestro ser. Desde esta Presencia amorosa, que conlleva todas nuestras presencias de amistad y cariño, escuchamos la voz de Dios, que nos habla mediante los acontecimientos de la vida. Y así, cuando tenemos que expresar estas realidades lo hacemos mediante el lenguaje poético del corazón, iluminado con la luz de la fe.
Este lenguaje, del que estamos hablando, a diferencia del lenguaje argumentativo, científico o lógico propio de la Inteligencia Racional (IR), es narrativo y se centra en las emociones , en la imaginación y en las intuiciones propio de la Inteligencia Emocional (IES). El lenguaje de la Inteligencia Espiritual (IES) deja a un lado lo relacionado con la formalidad de los argumentos y las pruebas de verificabilidad, para poner de manifiesto la pasión de quien busca y aspira a representar lo invisible. Un ejemplo palpable de lo que queremos decir es la poesía mística de San Juan de la Cruz, o la filosofía metafísica de Maurice Nédoncelle.
Este lenguaje narrativo está asociado a los centros del lenguaje del hemisferio cerebral derecho y en conexión con otras regiones del cerebro. Mediante este lenguaje ordenamos las experiencias y construimos la realidad, funciones que emanan de la Inteligencia Espiritual (IES). Haría bien la teología en considerar este lenguaje propio de IES y orientarse hacia una teología narrativa que conecta mejor con la sed espiritual de nuestros contemporáneos.