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Dos son los rasgos esenciales de una persona ética: la no ambición y la no violencia. No ambición en cuanto a desinterés por los logros materiales o los halagos de la fama. Carencia de amor propio y vanidad. Ningún afán de notoriedad: no hacer nada por sobresalir. La misma indiferencia ante las ventajas de una posición social. Y la no violencia: repudio absoluto de toda imposición por la fuerza, de todo fanatismo, y el cumplimiento absoluto del ‘no matarás’. Fuerza auténtica aunque a veces debilidad aparente.
Pero hay otros rasgos que tampoco deben faltar, como calor humano, carencia de prejuicios, independencia de pensamiento, amor a la verdad, conciencia de responsabilidad, tendencia a la preocupación, al máximo esfuerzo. Afán de saber, valor de pensar las cosas hasta el fin. Convicción de la necesidad de la solidaridad humana.
Donde quiera que encontremos una persona de estas características, podremos decir con Iván Karamazov: “Me basta con que estés en algún sitio para no perderle el gusto a la vida”. Menos mal que también existen hoy personas buenas y no son sólo personajes del pasado. Están ahí, de pie. Cada uno en su sitio, tan enraizadas en lo concreto como universales. Personas sencillas, apasionadas, libres, comprometidas, movidas por el Espíritu de Jesús de Nazaret.