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Una búsqueda de la belleza que fuese extraña o separada de la búsqueda humana de la verdad y de la bondad se transforma, como por desgracia sucede, en mero estetismo, ya que se convierte en un itinerario que desemboca en la apariencia banal y superficial, escondiendo el vacío y la inconsistencia interior. Existe una íntima conexión entre la búsqueda de la belleza y la búsqueda de la verdad y la bondad. Una razón que quisiera despojarse de la belleza resultaría disminuida, como también una belleza privada de razón se reduciría a una máscara vacía e ilusoria (Cf. Beneicto XVI, Mensaje a las Pontificas Academias, Ciudad del Vaticano, 24 de noviembre de 2008).

La experiencia estética está muy cerca de la experiencia religiosa, ya que lo bello y lo sagrado se sitúan en el mismo nivel de absolutidad y personificación. Dios es el Bien y la Belleza como es la Verdad. Además la estética puede servir de mediación para el encuentro religioso con Dios, pues tiene la función pedagógica de reparar al orden religioso. No obstante, siguiendo el pensamiento de Maurice Nédoncelle, lo bello es la divinidad rodeada de un velo; es lo ideal, que no se identifica explícitamente con el Tú divino. En una palabra, lo bello es una soledad divina en vez de un diálogo. Toda presencia tiene dos caras, y en lo bello sólo tenemos una de ellas: encontramos a Dios sin discernir todo lo que quiere de nosotros. La razón está en que miramos a Dios desde nosotros sin mirarnos a continuación desde el punto de vista de Dios. Por eso la percepción de Dios es incompleta en la emoción estética; es una visión unilateral y penúltima, como toda percepción de los valores. Es consciente de Dios, pero no es la conciencia de Dios vivo en nosotros. No aprehendemos en ella la condición personal de Dios porque no hemos descubierto nuestra condición personal en Él. Tal es asimismo la razón por la que lo bello nos deja solitarios frente a Dios.
La belleza puede provocar en el ser humano una saludable “sacudida”, que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le ‘despierta’, abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto. Como decía Fyodor Dostoyevsky: “La humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí“. No obstante, con demasiada frecuencia, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a las personas de sí y abrirlas horizontes de verdadera libertad, empujándolas hacia lo alto, las encarcela en sí mismas y las hace ser todavía más esclavas, quitándoles la esperanza y la alegría. Por el contrario, la belleza, puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios.