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Hoy en día va creciendo una nueva corriente, fundamentada en una mentalidad tecnológica y consumista, productora de nuevos imperios económicos, llamada “teología de la prosperidad”, originaria de ambientes neopentecostales y que poco a poco se va infiltrando en las relaciones familiares, en la política, en la religión, en la educación, en el tiempo libre y en la propia vida espiritual, llegándose a aberraciones tales como afirmar que “la avaricia es un camino de santidad”. Y así, se considera que “ser pobre es pecado”, ya que se identifica la bendición de Dios con las ganancias económicas, llegándose a a firmar que “si eres pobre es por tu falta de fe o por tu pecado. De esta manera, “la línea entre la prosperidad dada por Dios y la codicia desenfrenada se ha desvanecido” (Peter Wagner). La lógica de este descaro es la siguiente: “Si pides con fe se te dará, pero si no recibes, es por tu falta de fe, es tu culpa si no eres próspero”. Así, “cuanto más grande sea tu ofrenda, más muestras tu confianza en Dios y, por lo tanto, mayores serán tus ganancias”. De esta manera se forman imperios económicos.

Los cristianos, es decir “otros Cristo”, si queremos ser sus seguidores movidos por su mismo Espíritu, hemos de seguir por su misma senda: Jesús de Nazaret fue un pobre y humilde artesano, “pan compartido” para todos nosotros. En consecuencia, sus seguidores, la “comunidad cristiana”, debemos ser pobres, en comunión de destino con los más necesitados. Francisco de Asís o Carlos de Foucauld, por poner un ejemplo, abrazaron “la dama pobreza” como una bendición. Así, la condición previa para poder avanzar en el camino de amistad con el Señor Jesús es renunciar a tener como meta suprema de la vida el ganar dinero. Quien encuentra en el dinero el objetivo medular de su vida, ya encontró su Dios, no necesita otro. Esa religión que tiene tantos adeptos no es la cristiana. La virtud de la pobreza no sólo implica un comportamiento exterior, sino también interior. Implica moderar las ambiciones de cualquier tipo, como honras, famas, poder y prestigio. Nosotros somos seguidores de un Dios que mira por el bien de todos, en especial de los pobres, y que nos invita a imitarlo en el pesebre y en la cruz.