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5.-b.-Cristo-benedicente-particular.-Icona-a-encausto.-Sinai-VI-sec.El arte, lo bello, hace referencia a la belleza divina. Pero cuando la obra de arte, el icono, trascendiéndose a sí mismo en las formas iconográficas, expresa su profundidad sagrada, la analogía llega a los límites de la sublimación estética. Es por esto que la tradición iconográfica confiere a los iconos una eficacia mediadora entre Dios y el ser humano y una estimación religiosa indicativa de la presencia divina, lo que confiere a los iconos un gran valor para nuestra piedad.
Romano Guardni (1885-1968) distingue entre imágenes de culto e imágenes de devoción. Para él, “La imagen de culto está cargada de presencia y tiene realidad, esencialidad, poder. Aquí no hay nada que analizar y entender sino que se manifiesta aquel que reina; y si el hombre lo percibe adecuadamente, entonces enmudece, contempla, reza”(Cf. R: GUARDINI, Imagen de culto e imagen de devoción, Guadarrama, Madrid 1960, 20). En cambio la imagen de devoción sigue otros caminos: se basa en la piedad subjetiva de la persona y en el impulso creativo del artista.
El patriarca Dimitrios I considera que en el icono se armoniza el espíritu y la materia y encuentra en el icono su expresión artística perfecta e inspirada (Cf. DIMITRIOS I, Teología y espiritualidad del icono, CPL, Barcelona 2002, 11). La razón es que el arte de los iconos se aparta del arte realista, pues todos los elementos de que se compone el icono, como la forma, el color, la técnica, la perspectiva, la composición, la distribución, etc. constituyen un lenguaje simbólico que nos conduce a una realidad transformada por las energías divinas.
La elaboración iconográfica se desarrolla en función de todo el conjunto, porque el icono sólo se entiende en la visión de su totalidad: el ritmo, la forma y el color de cada objeto no son un fin en sí mismo, sino un medio para entrar en la vía del Espíritu. No es que el iconógrafo ignore las técnicas del volumen y de la profundidad, sino que el enfoque realista para él pierde interés. La aureola alrededor de la cabeza en los iconos se reserva sólo para señalar la figura de Jesús o, en su ausencia, la de otro personaje que destaque por la fuerza de la santificación de Cristo. Para la fe, la belleza del icono descansa en esa visión profunda de la verdad espiritual.