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La religiosidad popular es una cosa buena, que sirve para expresar la auténtica fe cristiana en el Dios vivo y en Jesucristo. Pero hay que estar vigilantes en no caer en idolatría, como cuando el pueblo le pidió al sacerdote Arón: “Haznos un Dios que camine delante de nosotros” (Ex 32, 1). Si la fiesta popular es el punto culminante del año litúrgico en un determinado lugar, superando a la Pascua, es evidente que hay algo que corregir.

Quien busque a Dios por medio de razonamientos humanos habría que decirle lo que el ángel les dijo a las mujeres:” ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lc 24,5) Es el Espíritu Santo el que hace que Dios nos sea familiar, ofreciéndonos un espacio invisible en el que se puede advertir el paso de Dios y en el que Dios mismo se muestra como realidad viva y activa. Es el Espíritu Santo el que crea en lo íntimo del ser humano un estado de gracia por el que un día se tiene la gran “iluminación”: Dios existe!!!

En la persona que vive y actúa el Espíritu Santo, Dios no vive sólo como una idea, es también la realidad. La realidad de Dios alcanzada en sí misma, y no una imagen o un intermediario. Por esto hay que adorarlo “con espíritu y verdad” (Jn 4,23), no a la manera humana ligada a lugares y santuarios construidos por mano del hombre, ni a representaciones e ideas puramente humanas. Se trata de conocer a Dios por medio de Dios, de entrar en contacto con el misterio del Dios vivo y adorarlo.

La adoración es el único acto religioso que no se puede ofrecer a nadie más en todo el universo, sino sólo a Dios. La adoración llega como un rayo de luz en la noche. No se trata de la luz de la verdad, sino de la luz de la realidad. Es la percepción de la grandeza, la majestad, la belleza y la bondad de Dios. Una presencia que corta el aliento. Y la expresión más eficaz que cualquier palabra es el silencio. Y con la adoración el ser humano inmola y sacrifica al propio yo, la propia gloria, la propia autosuficiencia. Al adorar nos convertimos en personas auténticas. Dios no tiene necesidad de nuestra adoración, somos nosotros que necesitamos de ella para situarnos como criaturas y encontrar el sentido y el flujo del ser.