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La fe y el anuncio del Dios vivo encuentran en el mundo de hoy un serio obstáculo: Se trata de un pensamiento infundido en las mentes como un veneno capaz de neutralizar el anuncio evangélico antes de que este llegue al corazón. Se trata de un razonamiento simple, una revolución copernicana en el campo espiritual: “No es Dios quien ha hecho al ser humano a su imagen, sino que ha sido este el que ha hecho un Dios a su imagen… Cuando el ser humano adora a Dios en realidad se está adorando a sí mismo”. Es la visión platónica de la realidad pero invertida. El mundo divino es una proyección e imagen ilusoria del ser humano histórico y de la naturaleza. Los Copérnicos de hoy, es decir los ateos, quieren hacernos creer que ni el sol gira alrededor de la tierra ni la tierra gira alrededor del sol, sino que simplemente el sol no existe. La religión, Dios, son una “ilusión”; son la proyección de la necesidad inconsciente de protección paterna y materna que la persona humana sigue conservando aún después de haber salido de la infancia. Esta es la idea de Dios de la actualidad cultural, donde sigue reinando “el perverso genio de la sospecha” (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, San Pablo, Madrid 1986, nº 37, 52.). Pero, ¿por el simple hecho de concebir o desear una cosa, es esta sospechosa? Sería como lanzar la sospecha sobre el amor, que surge como un deseo universal y de una necesidad profunda del ser humano, o negar simplemente que existan la verdad y la felicidad por el simple hecho que el ser humano las desea. El ateísmo, que nació con la pretensión de liberar al ser humano, se convierte así en su destructor.