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“Hay una flor en el mundo que sólo puede crecer si se la riega con sangre. La sangre del hombre está no sólo hecha para mover su corazón sino para regar los ríos de la Tierra, las venas de la Tierra, y mover el corazón del mundo” (León Felipe)

En Jesús crucificado se rompen todas las ideas que sobre Dios se han hecho en el mundo. Aquí encontramos la debilidad y el sufrimiento de Dios. Un Dios, que en Jesús, hace suyo el dolor, el miedo, la impotencia de quienes comparten con él la condición de víctimas de la historia. Sólo un Dios que sufre y llora puede ayudarnos.
Sólo nos salva un Dios que se ha adentrado en el interior de nuestra condición humana y ha experimentado en su propio ser las consecuencias de semejante encarnación. Dios manifiesta su omnipotencia mediante el perdón, la bondad y la ternura.
Dios no necesita sangre. La cruz la hemos puesto nosotros, expresión de toda violencia e injusticia acumuladas. Hay muertes que se convierten en fuente de vida, expresión de generosidad y de entrega, actitudes que generan vida. Dios ha hecho resurgir la vida: Jesús es el primero en nacer de la muerte.