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Oración de abandono

Aproximadamente a las tres de la tarde del día 7 de abril del año 30 d.C., tras poco más de dos horas de agonía Jesús afronta la muerte. Los momentos finales de su vida se caracterizan por una oración con toda la fuerza que es capaz un hombre torturado: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?”, es decir, “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15,34 y Mateo 27,46). Este grito en arameo de Jesús manifiesta un sentimiento de soledad y de abandono. Se acerca la muerte después de haber sido torturado.
La pasión es un tiempo de silencio de Dios. Jesús le invoca con las palabras del versículo 2 del Salmo 22 manifestando la razón última de su sufrimiento: la experiencia de la lejanía del Padre, de su Padre y de su Dios. Nos encontramos ante el punto culminante de su prueba, la herida más profunda de su pasión. Pero esta herida no elimina la confianza. Por eso Lucas toma del salmo 31,6 una frase que Jesús pronuncia en el momento de su muerte: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lucas 23,46). Así la prueba por la que ha pasado Jesús no lo ha distanciado del Padre, ya que ha prevalecido la confianza, a pesar de haber experimentado con gran intensidad la lejanía de Dios.
La “oración de abandono” de Carlos de Foucauld es en realidad palabras que pone el hermano Carlos en boca de Jesús cuando éste estaba en la cruz, en una de las meditaciones que hizo Foucauld cuando estaba de recadero de las hermanas clarisas de Nazaret.