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Los humanos en el fondo pensamos que el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser. Pensamos que pactar un poco con el mal, reservarse un poco de libertad contra Dios, en el fondo está bien, e incluso es necesario. Los humanos vivimos con la sospecha de que el amor a Dios crea dependencia y que necesitamos desembarazarnos de esta dependencia para ser plenamente nosotros mismos.
La libertad del ser humano es libertad limitada. Sólo la podemos poseer como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros, es decir, según la voluntad de Dios.
La persona que se abandona a la voluntad de Dios encuentra la verdadera libertad. No se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada. Al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta.