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ruido (2)

Vivimos en una civilización que está totalmente proyectada hacia el exterior. Tiende a la evasión más que al recogimiento. Evadirse, salir fuera de uno mismo es como una especie de consigna. El silencio nos da miedo. La humanidad está enferma de ruido. Pero para descender hasta las profundidades del corazón en las que habita la verdad, se necesitan precisamente momentos de silencio y de soledad.
Nadie conoce a Dios fuera de sí, en la Escritura y en la Creación, si no lo conoce también de algún modo, aunque sea muy imperfecto, dentro de sí, que es el verdadero lugar del encuentro entre Dios y nosotros mismos. Dios creó al hombre y a la mujer, y sólo a ellos, “a su imagen y semejanza” (Gen 1, 26). Una cosa sólo puede ser conocida por su semejante, y en el universo material sólo el alma de la persona tiene semejanza con Dios. San Pablo nos dice que en este mundo vemos a Dios “como un espejo” (1 Cr 13,12). Así, nuestra alma es como uno de esos lagos donde se refleja la montaña, la entera realidad de Dios. Y cuando llegamos a encontrarnos con Dios “dentro de nosotros” en la medida que sea, pues somos “templo de Dios” (1 Cr 3, 16), nos damos cuenta que Dios nos trasciende, de que no está él contenido en nosotros, sino que es él quien nos contiene.