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Las estaciones se suceden unas a otras. Los árboles florecen, luego dan frutos, después pierden las hojas y llega el invierno. Pasados los años el árbol envejecido es abatido. Como las cosas también al ser humano le sucede lo mismo. Por esto, con la pretensión de no morir nos agarramos a la juventud, al amor, a los hijos o a la fama, pero todo es vano. Desde el mismo momento en que nacemos se inicia una cuenta atrás que ya no se detiene.
La roca representa en la naturaleza lo que se yergue inmutable a través de todos los cambios geológicos y atmosféricos. Es en esto que los poetas de Israel vieron la diferencia entre el ser humano y Dios. El ser humano es como “el polvo” y Dios es “la roca eterna”.
La roca está hecha para ser escalada, para buscar en ella refugio, no sólo para contemplarla desde lejos. Los escaladores se agarran a la roca, se adhieren a ella con pies y manos. El medio más seguro de adherirse a esta roca, es aferrarse a la cruz, “ser clavados con Cristo en la cruz” (Gal 2, 19).
En el logotipo de la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld tenemos un corazón clavado en la roca, indicándonos que como buenos escaladores pasamos los días y las noches en contacto con la roca, confiamos nuestra vida a la roca, y así vamos descubriendo todas sus vetas. Bajo nuestros dedos la roca casi se anima, nos responde y se hace roca viva, palpitante. Es una roca de ternura.image001