OBEDIENCIA NAZI

San Pedro (Hch 5, 29) se encuentra ante el Sanedrín,  suprema institución religiosa, a la que generalmente se debería obedecer, como Sócrates en el juicio del tribunal de Atenas y ambos tienen la misma respuesta. Los tribunales les ofrecen la libertad a condición de que no sigan buscando a Dios. Pero buscar a Dios, la búsqueda de Dios es para ellos un mandato superior, viene de Dios mismo. Y una libertad comprada con la renuncia al camino hacia Dios dejaría de ser libertad. Por tanto, no obedecen a esos jueces, no compran su vida perdiéndose a ellos mismos, sino que obedecen a Dios. La obediencia a Dios tiene la primacía. Dios está por encima de las instituciones. La obediencia a Dios es la libertad, la obediencia a Dios les da la libertad de oponerse a la institución.

En nuestros días se habla de la liberación del ser humano, de su plena autonomía, lo que implica también la liberación de la obediencia a Dios. La obediencia debería dejar de existir, el ser humano es libre, es autónomo: nada más. Pero esta autonomía es una mentira ontológica, ya que el hombre no existe por sí mismo y para sí mismo, y también es una mentira política y práctica, porque es necesaria la colaboración, compartir la libertad. “Y, si Dios no existe, si Dios no es una instancia accesible al hombre, sólo queda como instancia suprema el consenso de la mayoría. Por consiguiente, el consenso de la mayoría se convierte en la última palabra a la que debemos obedecer. Y este consenso —lo sabemos por la historia del siglo pasado— puede ser también un «consenso en el mal. Así, vemos que la llamada autonomía no libera verdaderamente al hombre. La obediencia a Dios es la libertad, porque es la verdad, es la instancia que se sitúa frente a todas las instancias humanas. En la historia de la humanizad estas palabras de Pedro y de Sócrates son el verdadero faro de la liberación del hombre, que sabe ver a Dios y, en nombre de Dios, puede y debe obedecer no tanto a los hombres, sino a Dios y así liberarse del positivismo de la obediencia humana. Las dictaduras siempre han estado en contra de esta obediencia a Dios. La dictadura nazi, al igual que la marxista, no pueden aceptar a un Dios que esté por encima del poder ideológico; y la libertad de los mártires, que reconocen a Dios, precisamente en la obedien­cia al poder divino, es siempre el acto de liberación con el cual nos llega la libertad de Cristo. (J. RATZINGUER, Roma 8 de diciembre de 2005)