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Alfred Hoyle, un prestigioso científico, ateo militante británico como lo son Hawking y Dawkins, montó a mediados del siglo pasado su campaña personal contra lo que él veía como una teoría con un claro trasfondo religioso: el big bang, pues dicha teoría parecía indicar que el universo había surgido instantáneamente de la nada en un acto de creación. Era, además, demasiada casualidad que la teoría fuera propuesta ni más ni menos que por un sacerdote católico (George Lemaître). Hoyle hacía de burla la teoría en entrevistas y conferencias llamándola, «el petardazo» (big bang). Cuando Einstein y Hubble confirmaron la existencia del big bang Hoyle tuvo que tragarse sus palabras. (Cf. JUAN A. HERRERO BRASAS, Hawking y el problema de Dios, El Mundo 25/9/2014)
Hoy sabemos con certeza que el universo tiene una edad que ronda los 13.800 millones de años, y que al igual que todo lo que tiene una edad tuvo un comienzo. Y, como todo lo que tiene una edad y un comienzo, antes de ese comienzo no existía. Si todo lo que existe es el universo y antes de su nacimiento no existía sólo nos queda la nada. Y la nada es un concepto difícil de entender, hasta el punto de que sólo nos es posible comprenderlo por aproximación. De la nada no sale nada. En la nada no hay nada posible, ni la fluctuación cuántica que propone Hawking, ni nada. Pero todos sabemos que cualquier cosa que existe necesita una causa, y más aún cuando lo que existe es una cosa tan grande como el universo.
La mayor hazaña del ser humano es haber llegado a la luna. Pero este poder humano es infinitamente pequeño en comparación con el Poder que ha creado la luna, el sistema solar y todas las galaxias. Si el intelecto de ese Poder es comparativamente gigantesco, el ser humano sólo puede relacionarse con Él mediante la fe.