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El lugar natural de la religión no está en la razón, sino en la emoción profunda, en el sentimiento oceánico, en esa esfera donde emergen los valores y las utopías. Creer en Dios no es pensar a Dios sino sentir a Dios a partir de la totalidad del ser. La intención de la religión no es explicar el mundo. Nace como protesta contra este mundo descrito y explicado por la ciencia. La religión es la voz de una conciencia que no puede encontrar descanso en el mundo tal cual es, y que tiene como proyecto transcenderlo. Lo que transciende este mundo en dirección a otro mayor y mejor es la utopía, la fantasía y el deseo. Por eso, donde hay religión hay siempre esperanza, proyección de futuro, promesa de salvación y de vida eterna. Ellas son inalcanzables por la simple razón científico-técnica, que es una razón exigua, porque se reduce a los datos, siempre limitados.