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Los hebreos, como los semitas en general, daban explicaciones teológicas a todos los fenómenos: todo lo que ocurre es porque Dios lo quiere, sin buscar las influencias inmediatas de las causas segundas, y menos las concatenaciones profundas dentro de ese proceso causal, como más tarde iniciaron los griegos. Por ello, no se puede hablar de una “filosofía” en las antiguas culturas orientales: lo mítico y lo religioso sustituyen al esfuerzo mental del pensador; todo lo que ocurre se debe a una fuerza superior que lo quiere. En la tradición israelita, esta fuerza superior es un Ser único personal y trascendente, del que todo depende, pues su providencia universal se extiende a lo más profundo y particular de las acciones humanas.

          Así, la “sabiduría” humana para los israelitas siempre tiene alguna relación con el propio Dios, que es, en realidad, la fuente de la sabiduría. Sólo Dios posee el esquema completo y la explicación plena de la concatenación de causas y efectos y de las acciones secretas de los hombres. Pero querer apropiársela es ir contra los derechos exclusivos divinos (Cf. Job 15,8). Por esto la “sabiduría”, en cualquiera de sus manifestaciones, se la considera un don de Dios, como podemos ver en: a) José en Egipto, por su interpretación de los sueños y su buena administración, fue designado por el faraón como “el hombre más sabio” (Cf. Gn 41, 39); b) Besalel, arquitecto y joyero, constructor del tabernáculo en el desierto, para realizar su maravillosa obra “fue colmado del espíritu de Dios, con sabiduría, entendimiento y saber.” (Cf. Ex 35,31-35). Los tres términos son sinónimos para designar la extrema sagacidad y destreza en el oficio; c) De Josué se dice que “estaba lleno del espíritu de sabiduría” después de haberle sido impuestas las manos de Moisés para sucederle (Cf. Dt 34,9); y, d) esta “sabiduría” se manifestó especialmente en el rey Salomón por su sagacidad política (Cf. Re 5, 12) y su habilidad en la administración de la justicia (Cf. Re 3, 28).

          Pero en Job 28,23 tenemos la definición de la sabiduría moral práctica:

El temor de Dios, ésa es la sabiduría; apartarse del mal, ésa es la inteligencia.”