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Todas las formas de vida dependen entre sí. Somos sistemas abiertos y nos influimos mutuamente. Todo lo bueno que hacemos tiene un impacto en el universo; todo lo destructivo también. Todos somos necesarios para que el destino de la humanidad cambie.

Rupert Sheldrake, bioquímico británico de la universidad de Cambridge nacido en 1942, ha realizado a lo largo de los años numerosos experimentos sobre la mente que le han ayudado a desarrollar una nueva teoría, la “Teoría de la Mente Extendida”, publicada en su último libro El séptimo sentido (2005). En el libro sostiene una idea que cada vez perciben más investigadores: que la mente no es tan sólo la actividad del cerebro, sino que éste es el sustento físico a través del cual se puede manifestar la mente. Sheldrake incluso va más allá al afirmar que la mente no se encuentra confinada en el cerebro sino que se extiende hacia el mundo que le rodea. Esa proyección mental afectaría e influiría en el mundo y a su vez sería influido por él. La mente por tanto, tendría un poder muy superior a lo que pudiéramos imaginar. Esa proyección mental se manifestaría según Sheldrake en cualidades como la telepatía, la premonición o la sensación de ser observado, a las que denomina séptimo sentido.

          Actualmente se están estudiando los efectos de la intención y de la plegaria: Parece ser que cuando muchas personas sintonizan mental y emocionalmente en una misma longitud de onda a la vez, se crea un enorme campo de fuerza que es capaz de provocar cambios. ¿No sería esta una forma de explicar la fuerza de la oración conectada con la voluntad de Dios?