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Si la palabra no es frívola es preciso que nazca en el silencio. El silencio no es un repliegue sobre sí mismo, sino el de la toma de conciencia de sí mismo.

El corazón o la conciencia es el centro de la vida moral de la persona. Es el lugar donde se decide la voluntad de Dios. La conciencia es “un corazón palpitante” del que brotan las decisiones, los discernimientos, los juicios, etc.

Todo silencio verdadero es una oración. El momento en que tomo conciencia de lo que quiero decir, eso no me pertenece, pero si soy responsable de lo que manifiesto.

La palabra no me pertenece. Yo sólo soy o existo en tanto que participación en una palabra que no es mía, sino la de Dios. Por tanto, el momento del silencio es el momento del despojamiento de mis intereses personales, deseos y egoísmos, para tratar de expresar una palabra que es más yo que mi propio yo; una palabra que está en mí sin ser para mí.

La oración y la acción son dos momentos indisociables. Todo es diálogo, todo es soledad. Diálogo porque mi centro no está en mí. Sólo hay diálogo si desde el principio del debate estoy convencido de que tengo algo que recibir del otro, si no, no vale la pena el diálogo.

La palabra ha sido la mejor forma de expresión del espíritu y si afirmamos que carece de poder transformador caemos en un materialismo mecanicista y fatalista. El profeta es un portador de la palabra. Una palabra que le supera y que, como en todas las épocas, lleva al fracaso. Su belleza consiste en no renunciar nunca, a pesar de los fracasos.