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Dios llama y nos habla en el silencio, en lo más profundo de nuestro ser, en el Horeb del corazón, para generar en nosotros, como ha sucedido con todos los místicos, una confianza infinita y darnos una promesa de salvación en favor de nuestros hermanos.

Al hablar del “Horeb del corazón”, lo hacemos en lenguaje simbólico, uniendo dos realidades. Por un lado Horeb significa lo árido, lo solitario y hace referencia al monte de Dios, llamado también Sinaí; por otro, el término corazón en el lenguaje bíblico significa la plena y sincera interioridad consciente de la persona humana. Se trata de la “personalidad interior” de cada uno, que las demás personas no ven, pero si Dios, que nos habita por dentro.

Este camino de descenso a las profundidades de nuestro ser y salida al encuentro de nuestros hermanos es cíclico y a la vez progresivo, hasta que veamos a Dios “cara a cara”. Por esto nos parece que no hay auténtica mística sin ética, ni ética verdadera sin mística, ni verdadera religión sin mística ni ética. Y todo esto lo vive la persona santa en el aquí y ahora del presente de Dios.

Todo comienza con una decisión: “Salir”. Descubrir nuevos horizontes, abrirse a lo provisional y hacerse peregrino. Ponerse en camino significa haber recibido “una llamada”, misteriosa, desconcertante, desestabilizadora, que imprime un nuevo rumbo a la vida, amparado y guiado por el Espíritu.

Para poder ser nómada y estar en camino, hay que confiar con todas las fuerzas en Dios que es a la vez Padre, Madre y Amigo. Desposeerse de todas las cosas y especialmente del propio deseo, para recibir la vida, con sus dones, como un niño. Solo quien tiene un corazón de pobre y de poeta se abre al infinito, pues Dios resiste a la persona soberbia y acoge a la de corazón sencillo.