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Pese a la evolución humana, continuamos teniendo la misma estructura del cerebro reptiliano, que es el responsable de las funciones básicas para sobrevivir. Tenemos también el cerebro gestor de las emociones, incluyendo la amigdala de los mamíferos. Y, finalmente, hemos desarrollado el neocortex en un grado más alto que los demás primates. Estos tres cerebros no están separados, como si la evolución los fuese acumulando en saltos sucesivos, dejando insensibles a los anteriores a medida que se iba consolidando el más moderno. Los tres cerebros los tenemos operativos.
La música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de las endorfinas, que son los opiacidos propios del cerebro, así como de otros neurotransmisores, como la dopomina, la acetilcolina y la oxitocina. Las endorfinas dan motivación y energía vital ante la vida, producen alegría y optimismo, que hacen disminuir el dolor, contribuyen a una sensación de bienestar y estimulan los sentimientos de gratitud y sofistificación existencial.