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Si Dios existe, ninguna mirada humana puede abarcarlo. A diferencia del agnóstico, la persona religiosa se abre por la fe a lo sagrado; con su fe va más allá de la mera razón matemática (Inteligencia Racional), aunque no contra ella. Mientras el creyente se arrodilla ante el misterio, el científico busca con la razón matemática la solución a los problemas. Viktor Frankl es contundente cuando pide a la antropología una doctrina personal del ser humano, pues es necesario incluir la trascendencia para concebir la esencia del hombre. “El valor absoluto, el ‘Summum Bonum’, sólo se puede concebir en conexión con una persona, con la ‘Summa Persona Bona’ de Dios… en suma, sólo desde un valor absoluto, desde una persona absolutamente valiosa, desde Dios, adquieren las cosas un valor. Sólo cuando las hacemos comparecer, aunque fuese de modo tácito e inconsciente, ante el tribunal divino, somos capaces de calibrar el valor de las realidades, el valor que les corresponde” (V. FRANKL, El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia, Barcelona 1987, 275).

No se trata de abandonar la racionalidad, sino de vivirla en diálogo, de forma abierta a otras convicciones. Quien admite a Dios rechaza el camino del absurdo. Las personas pueden morir sin angustia cuando saben que aquello que aman queda eternamente a salvo del olvido, pues creen que todo está en manos del Amor de Dios. Kierkegaard escribe: “Lo que nuestra época necesita profundamente puede expresarse total y absolutamente con una sola palabra: necesita eternidad real. La desdicha de nuestro tiempo consiste precisamente en haberse convertido nada más que en tiempo, en no querer hablar de eternidad” (S. KIERKEGAARD, Mi punto de vista, Madrid 1985, 147).