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En la raíz de toda vida religiosa se halla siempre una experiencia íntima que resulta decisiva y constituye la diferencia radical entre la persona creyente y la que no lo es.

          El encuentro con Dios se realiza en lo más íntimo de nuestro ser donde no puede descender ni la IR (Inteligencia Racional) ni la Inteligencia Emocional (IE) ya que Dios ni es una idea ni es una emoción. Dios no es algo. Dios es Alguien, es una Persona. Es preciso descender o ascender, como mejor se quiera expresar, hasta traspasar la zona habitual, cotidiana de la conciencia, como quien atraviesa la barrera del sonido, o, como expresaban los egipcios, atravesando un ancho río para llegar a un lugar donde se nos manifiesta una Presencia, una Realidad, una Fuente de agua viva que brota sin fin.

          Cuando se establece este contacto, sabemos que el Eterno es una Vida que arrastra a todas las vidas y una Muerte que recapitula a todas loas muertes en un apocalipsis de gloria. Sentirse vinculado a lo Innominado, a lo Indecible, a lo Incomprensible es ser una persona religiosa.