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La grandeza y tragedia humana es que somos capaces de obrar el bien o apartarnos de él. Es decir somos capaces de elegir el camino de la santidad o del pecado. El Espíritu está estrechamente ligado a nuestra libertad antropológica fundamental. Es la persona que actúa según su propia conciencia y libre elección, por convicción interna y personal, y no bajo coacción de un impulso ciego interior o exterior. Pero es el Espíritu quien nos impulsa desde dentro, iluminando nuestra IES (Inteligencia Espiritual) para que actuemos según el proyecto de Dios. El Espíritu Santo viene a reforzar nuestra débil voluntad, inspirándonos y animándonos.

          Los dones del Espíritu que Isaías 11, 1-3 atribuye al Mesías: “el espíritu de sabiduría y de inteligencia; espíritu de consejo y de fuerza; espíritu de ciencia y temor de Dios” no son más que ayudas del Espíritu a nuestra libertad. La descripción más clara de lo que el Espíritu realiza nos la da San Pablo en la Epístola a los Gálatas: “Los frutos del Espíritu son: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia; contra estas cosas no hay ley ” (Gal 5, 22-23) .

El Espíritu es espíritu de libertad no sólo para elegir cosas, sino para configurarse con Cristo, vivir en Él y revestirse de Él, ser su imagen viva y testimonial en el mundo. El espíritu nos capacita para amar, nos abre a la fraternidad, a la solidaridad. En los ideales de la Revolución francesa: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, latía en su profundidad el impulso del Espíritu, pues estos ideales son profundamente humanos. La acción del Espíritu es personalizadora y relacional.