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Los hindúes llaman al sexto chacra que está situado entre las dos cejas de la frente, Ajana, que significa autoridad. Es el “ojo del alma” o sexto sentido que nos guía cada día, también llamado glándula pineal, y que representa la percepción, la intuición y el conocimiento. Es el encargado de potenciar la integración de la personalidad, trascendiendo el natural dualismo humano. Su función es ver lo invisible y conocer lo desconocido, lo que se mueve y subsiste en otras  dimensiones, punto central de nuestra sabiduría y de la armonización de nuestro interior con el entorno, da la visión de los mundos sutiles, haciendo posible la conexión directa con la fuente ilimitada de sabiduría. Es el punto energético clave para desarrollar la intuición y la clarividencia. Si se desequilibra, entonces la memoria y concentración fallan cobrando protagonismo los miedos y nervios en el carácter habitual.

    Este “tercer ojo” se activa a través de la meditación. Los budistas tibetanos a través de unas técnicas de meditación consiguen su apertura con la meta de conseguir la iluminación, pero antes que conocer hay que desear conocer, cosa de la que muy pocos parten, pues la verdad atemoriza a muchos, o bien por la dificultad de renunciar a las comodidades y  rutinas diarias que constituyen lo principal de su existencia, o por otros motivos.

          Así, podemos estar de acuerdo en descripciones antropológicas para hablar de la misma realidad y en la coincidencia de que la Inteligencia Espiritual  necesita del silencio interior para desvelarse, si bien la fe es fruto de la gracia y no de nuestro propio esfuerzo. Recordemos las palabras de San Anselmo, doctor de la Iglesia (Aosta, 1033 – Canterbury, 1109): “Y no intento comprender para creer, sino que creo para poder comprender. Pues creo que no puedo entender si no es porque antes he creído”.