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Imagen“Ningún credo puede apropiarse de la interioridad como algo que sea exclusivo de su propia tradición religiosa. Desde el plan­teamiento que Howard Gadner hiciera sobre las Inteligencias Múltiples se puso al descubierto la existencia de unos tipos de inteligencias, intrapersonal y existencial, que tienen que ver con lo que, más adelante, se denominó inteligencia espiritual. Este tipo de inteligencia abría una puerta nueva que terminó por ser mucho más decisiva de lo que se imaginó en un principio. Tanto es así que hoy son ya muchos los psicólogos que la consideran como la Inteligencia raíz en la que se asientan las demás: inteligencia emocional, lógico-matemáticas, lingüística, musical… La Inteligencia Espiritual es portanto la que posibilita la base para que las demás vayan configurándose a medida en que se va desarrollando la persona y la que, además, nos permite reconocer, en los sentidos de valorar y volver a conocer, la Interioridad que nos es propia.

La importancia de este espacio interior reside en que es ahí donde acontecen una serie de fenómenos que originan y posi­bilitan ciertas destrezas en el sujeto. Aquí, en esta espacio vasto que denominamos interioridad, es donde brota el silencio profundo, la atención, el cuestionamiento o la mirada contemplativa. Éstos no son rasgos distintivos de las distintas religiones del mundo aunque bien es verdad que han sido ellas las encargadas de desarrollarlos y educarlos. Hoy sabemos que es una herencia común entre los seres humanos sin que tenga una referencia directa a la fe concreta. Por otro lado, es aquí donde dicha fe se ancla y desde donde se produce el reconocimiento, admiración y reverencia a lo Trascendente, a ese Todo más grande en el que estamos inmersos, que atraviesa toda forma de vida y del cual formamos parte.

Como acabamos de apuntar, el silencio es uno de las capacidades que brotan de la interioridad. Su presencia otorga a la persona de una sensibilidad y una receptividad que la hace capaz de reconocer las intuiciones más profundas. Además, predis­pone para que uno sea capaz de sorprenderse y asombrarse hasta de lo más irrelevante pues uno logra reconocer el vínculo profundo que lo liga y religa con cada cosa de la existencia. Este silencio deja espacio a una atención mucho más abierta para profundizar en lo que acontece dentro de uno mismo así como en lo que tiene lugar fuera. Es desde esta actitud desde donde puede tener lugar el cuestionamiento en el que se dan las respuestas necesarias que no agotan la pregunta sobre el misterio de la vida. Con la pregunta siempre abierta el sujeto descubre una nueva mirada sobre su vida y la vida en general, una mirada que desde la quietud de su interioridad es capaz de reconocer la presencia del Misterio que lo llena todo, una mirada contemplativa cuyo rasgo definitorio es el respeto y la admiración desde donde brota, el amor desde el que se asienta.

 La interioridad es por tanto el espacio en el que la persona toma conciencia de sí misma, se cuestiona su propia existencia y puede dar una respuesta satisfactoria a la pregunta por el sentido de la vida. Aquí es donde el sujeto logra alcanzar una receptividad de tal dimensiones que es capaz de reconocer la majestuosidad implícita en la sencillez de las formas. Desde aquí es desde donde logra admirarse de la belleza, desde donde es capaz de entrever las verdades que tienden a la verdad y, además, desde donde es capaz de reconocer la bondad inherente a todas las formas de vida que habitan y cuidan del planeta”. (José Chamorro, Reconocer la interioridad, Religión y Escuela, nº 277, Febrero 2014, 15.)