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“Si el ideal, en su conflicto con la realidad, es gene­ralmente aplastado, esto no significa en absoluto que deba capitular por adelantado, sino que nuestro ideal carece de fuerza, porque no es puro ni está suficien­temente enraizado en nuestro corazón.

La fuerza del ideal es incalculable. Mirando una gota de agua, no se ven rastros de fuerza. Pero que pe­netre en la fisura de una roca y se congele en ella y hará saltar la roca. Que el fuego la evapore, y pondrá en marcha la más poderosa máquina. Se ha operado en ella un cambio que ha activado la fuerza interna.

Lo mismo ocurre con el ideal. Los ideales son pen­samientos; en tanto lo sigan siendo, su fuerza inter­na permanece inoperante, aun cuando sean acompa­ñados por el más vivo entusiasmo y la más profunda convicción. Su fuerza no se convierte en operante más que en el momento en que se incorporan en un ser hu­mano de sentimientos purificados.

La madurez a la que debemos tender, consiste en volvernos, al precio de esfuerzos continuos, más y más verídicos, más y más puros, más y más pacíficos, más y más bondadosos, más y más indulgentes, más y más misericordiosos. Para conseguirlo, consintamos en to­dos los renunciamientos. En este horno el hierro ma­leable del idealismo juvenil se transforma en el acero inalterable del idealismo consciente.

La sabiduría suprema consiste en ver claramente la causa de las desilusiones. Todo acontecer es el re­sultado de una fuerza espiritual; si es lo bastante fuer­te, produce el éxito; demasiado débil, causa el fraca­so. ¿Mi amor es impotente? Es que hay todavía poco amor en mí. ¿Me faltan fuerzas contra la falsedad y la mentira que reinan en torno mío? Esto prueba que yo mismo no soy lo suficientemente verídico. ¿He de asistir a las intrigas de la envidia y de la malqueren­cia? Eso viene de que yo no me he librado aún de toda pequeñez y de toda envidia. ¿Mi bondad es incomprendida y ridiculizada? Esto significa que todavía no hay bastante bondad en mí.

El gran secreto consiste en atravesar la vida con un alma intacta. Este secreto no está al alcance más que de las gentes que, olvidando los hombres y los he­chos, se repliegan sobre sí mismos en toda circunstan­cia y buscan en su interior la razón de cada aconteci­miento.

El que trabaja en su propio perfeccionamiento no corre el riesgo de ver desvanecerse su idealismo. Ve realizarse en sí mismo la potencia de esas ideas-fuerza: la verdad, el bien. Si los resultados de la acción que querría ejercer fuera son insuficientes para su gusto, no ignora que su acción es proporcionada al grado de su perfeccionamiento interior. Sólo que el resultado no se ha manifestado o producido todavía. Si la fuerza existe, actúa.

Ningún rayo de sol se pierde. Pero el verdor que suscita precisa de tiempo para germinar, y no siempre se le concede al sembrador el ver la cosecha. Toda ac­ción fecunda es un acto de fe.

La experiencia de la vida que los adultos deben transmitir a los jóvenes no se formula, pues, así: «La realidad se encargará de destruir vuestro idealismo…»; sino más bien: «¡ Que vuestro ideal se incorpore tan bien a vosotros que la vida no pueda robároslo!»”

Albert Schweitzer, Recuerdos de mi remoto ayer, Editorial Occitania, Barcelona 1966, 86-87.