ImagenLa época moderna ha conocido una reacción antimística bastante general. Las corrientes predominantes, a partir del Concilio de Trento, siglo XVI,  han puesto el  acento en el lado práctico y activo de la vida espiritual, en la meditación y la ascesis, desconfiando de una contemplación que reclama la pasividad interior. Esta concepción de la espiritualidad concuerda bien con la mentalidad de la época, en que se impone más y más el ideal de una razón que se siente ahora capaz de penetrar en los secretos de la naturaleza y de transformarla por medio de su actividad. También la ciencia se aparta de la contemplación, tanto religiosa como filosófica, para consagrar todos sus esfuerzos a la investigación experimental y a las invenciones prácticas. Así, a la edad de la contemplación, que miraba el mundo con admiración, como la obra de Dios, le sucede el tiempo de la ciencia, que lo observa para descubrir sus leyes y emplearlas para el servicio del hombre.

A) El conocimiento científico

El moderno conocimiento científico tiene su origen, en una nueva toma de posición del ser humano ante el universo, concentrando la mirada en la experiencia sensible, controlable por la repetición y medible por las matemáticas, quedando así limitada al orden de la cantidad según el espacio y el tiempo. Nos encontramos, pues, frente a una mirada del exterior, que procura un conocimiento que seguirá siendo siempre exterior, pues versa sobre  “fenómenos”. La observación de la naturaleza física es lo que mejor se presta a ese método; más las cosas se complican cuando la mirada se proyecta sobre el ser humano. ¿No se necesita, para penetrar en el interior de la persona, otro tipo de mirada, una actitud y un método diferentes, que nos procuren otro tipo de conocimiento?

B) El conocimiento espiritual

El conocimiento espiritual o “ciencia del no saber” se realiza en el seno de la experiencia interior que se forma en cada persona al entrar en contacto con el mundo, con las demás personas y con la escucha de la Palabra de Dios. Nace de una mirada que se mantiene en el centro de esta experiencia, en la intimidad de la persona y de su compromiso. El método que se impone aquí ya no es una observación a distancia, sino profundización en nuestra interioridad, para alcanzar allí la fuente espiritual que nos alimenta, no con la finalidad de apoderarnos de ella, sino para abrirnos a su caudal, con una lucidez y una disponibilidad crecientes. La fuente es exactamente el espíritu en nosotros; se manifiesta en el soplo que forma la palabra y en la inspiración que anima la acción.