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Siguiendo el pensamiento de Henri Bergson, filósofo francés que vivió de 1859 a 1941, el elán vital o el impulso es la fuente inagotable de donde surgen todas las cosas, manteniéndolas en su fluir incesante. Se trata de un impulso vital que no es sustancia, sino una fuerza que anima a todo el universo en su desarrollo evolutivo y creador. Esta fuerza, inicialmente indiferenciada, se despliega sucesivamente en las direcciones más variadas hasta construir ese gran espectáculo de variedades que el universo nos ofrece. En nuestro planeta la primera bifurcación fundamental producida por el impulso vital dio origen a la división de vegetales y animales. En los vegetales se desarrolló la función clorofílica, que es la capacidad de transformar la sustancia inorgánica en sustancia orgánica; a los animales les proporcionó centros nerviosos y actividad locomotriz. No todos los caminos iniciados por el impulso vital condujeron a buen término. Algunos fueron rutas equivocadas como los que condujeron a los equinodermos y a los moluscos, que paralizaron la evolución sacrificando la movilidad vital a la coraza protectora. La marcha ascendente del impulso vital inició así dos rutas memorables que le llevaron a los artrópodos y a los vertebrados, y avanzando en ambas direcciones se llegó a los insectos y al ser humano. Los insectos llevan a su más alto grado el instinto y el ser humano la inteligencia. El instinto y la inteligencia son el punto culmen de la evolución animal. En el Homo sapiens el instinto se integra en el inconsciente personal y colectivo, y la inteligencia en el consciente personal.