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De San Justino (hacia 100-160) filósofo, mártir:

ImagenMi alma ansiaba conocer lo que es propio y principio de la filosofía… El conocimiento inteligente de las cosas inmateriales me cautivaba por completo. La contemplación de las ideas daba alas a mi pensamiento. Durante algún tiempo me creía ser un sabio, y tan estúpido era que esperaba ver a Dios dentro de nada, ya que éste es el fin de la filosofía de Platón. En este estado espiritual…me acercaba a un lugar aislado donde creía encontrarme solo cuando me di cuenta que un anciano me seguía los pasos…

        -¿Qué es lo que te ha conducido hasta aquí?- me preguntó. –Me gusta este paseo-…es muy adecuado para la meditación filosófica…. -¿Es, pues, en la filosofía que se encuentra la felicidad?- me preguntó.  –Ciertamente, le contesté, y sólo en ella-… ¿A qué llamas tu Dios? –Lo que siempre es idéntico a si mismo  y que da el ser a todo lo que existe, esto es Dios. -¿Cómo pueden los filósofos hacerse una idea justa de lo que es Dios si no lo conocen, no lo han visto jamás ni lo han oído?- Yo respondí: -La divinidad no es visible a nuestros ojos como los demás seres, sólo se accede a él por medio de la inteligencia, como dice Platón. Estoy de acuerdo con él.-

        -Hace mucho tiempo, dijo el anciano, hubo hombres mucho más antiguos que estos pretendidos filósofos, hombres felices, justos, amigos de Dios. Hablaban bajo la inspiración del Espíritu de Dios y presagiaron un futuro, realizado ahora. Se llaman profetas. Ellos han visto la verdad y la han anunciado a los hombres… Los que leen sus profecías pueden, si tienen la fe, sacar mucho provecho…Eran testigos fieles de la verdad… Han glorificado al creador del universo, Dios y Padre y han anunciado al que él envió, Cristo su Hijo… Y tú, antes que nada, pide para que se te abran las puertas de la verdad, ya que nadie puede ver ni comprender si Dios o su enviado, Cristo, no se lo da a comprender-…

        Ya no le vi más. Pero, de repente, un fuego se encendió en mi alma. Quedé prendado del amor a los profetas, a aquellos hombres amigos de Cristo. Reflexionando sobre las palabras del anciano, reconocí que ésta era la filosofía única, provechosa y segura”. (Diálogo con Trifón, 2-4, 7-8; PG 6, 478-482; 491)