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No es más persona quien es más inteligente, sino quien es más creativo. Y el silencio es el medio necesario para la creatividad y para recibir la sabiduría. Gracias al silencio la Inteligencia Espiritual (IES) se convierte, por don, en sabiduría, pues más allá del sonido existe el silencio, que es la armonía sin notas donde se oye la música de Dios. Más allá de los objetos existe un espacio interior, donde se encuentra la armonía sin nada, y en donde se percibe una Presencia amorosa. Más allá del movimiento de las cosas existe la quietud, que es la calma infinita del alma, donde se percibe la eternidad de Dios.    El silencio nos lleva a una experiencia de soledad, sin que nadie nos proteja y arrope. A esta experiencia tenemos miedo, pues nos sitúa ante nosotros mismos, sin ropajes ni artificios. Si tenemos paciencia y afrontamos este miedo, recuperamos el paraíso perdido, nuestro auténtico hogar, lleno de vida y de paz. Es la vida y la paz que brota del silencio, para iluminar nuestra mente y nuestro corazón.

          Hemos expulsado el silencio de nuestras ciudades y de nuestras vidas. Hemos de recuperar el silencio, pues es el único que aporta calma, da paz y hace crecer en sabiduría. Los momentos más grandes de la vida humana son siempre momentos de profundo silencio. Los momentos más grandes del arte, de la ciencia, de la creatividad, son momentos de absoluto silencio. Tenemos miedo de encontrarnos ante nuestra propia realidad. El silencio no nos engaña con propuestas fantásticas, no nos distrae con milagros imposibles, no nos cansa con estrépito fastidioso. El silencio cuando se hace presente no pasa inadvertido, nos habla sin decir nada, nos interroga sin hacer preguntas, nos sitúa y nos descubre el lugar donde nos encontramos, sin análisis ni cálculos mentales. Nos hace sabios.