paisaje silencioso

El ser humano que es un animal que habla, necesita del diálogo para alcanzar un humanismo pleno. Gracias a este diálogo se llega a una comprensión recíproca de los pueblos y de sus culturas,  que es la base para la paz. Es en el diálogo interior, donde se abren las cuestiones últimas de la existencia. Gracias a la mística, que forma parte del ser humano, podemos fundamentar nuestro ser con actitudes abiertas y dialogantes. Cuando nos alejamos de nuestra esencia mística, que es nuestra esencia humanista, nos volvemos más fundamentalistas. ¿Cómo entrar en nuestra esencia mística? Haciendo silencio interior para poder escuchar la voz de Dios que se manifiesta a través de los acontecimientos. El camino principal es “hacer silencio, pues en el silencio se alumbran grandes cosas”. “El silencio habla”. Parece una contradicción, pero no lo es. Sin embargo, hay que saber escuchar el si­lencio, porque nos ofrece siempre un mensaje de sa­biduría. En el silencio nos autodescubrimos, vemos con mayor claridad nuestra propia vida, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, la calidad de nuestra existencia y lo que Dios y el prójimo esperan de nosotros. Cada ser humano está llamado a ser un yo único e irrepetible, a construir una historia particular y diferente, a realizar un proyecto de vida y una misión en el mundo. No se trata de inventar, sino de escuchar y de obedecer. Esta escucha resulta fundamental para aclarar el misterio de uno mismo y clarificar lo que estamos llamados a ser y a hacer en el mundo. El yo auténtico no se capta más que en relación con el Absoluto que hace que la persona se conozca. Sin hacer silencio en nuestra vida es difícil escuchar la voz de aquel que todo lo ve a y sentir su presencia amorosa.