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caminante-y-huellas1El filósofo Ludwing Wittgenstein escribe en su Diario filosófico: “¿Qué sé sobre Dios y la finalidad de la vida? Sé que este mundo existe. Que estoy situado en el mundo como mi ojo en el campo visual. Que hay algo en él problemático que llamamos su sentido. Que este sentido no radica en él. Que la vida es el mundo. Que mi voluntad es buena o es mala… Pensar en el sentido de la vida es orar”. Albert Einstein tenía un acusado sentido del Misterio cuando se expresaba de esta manera: “La experiencia más bella que podemos tener es la de lo misterioso. Se trata de un sentimiento fundamental que es, como si dijéramos, la cuna del arte y de la ciencia verdadera. Quien no lo conoce ya no puede maravillarse ni admirarse de nada, ya está muerto, podríamos decir, y su ojo está debilitado. Fue la experiencia de lo que es plenamente misterioso, aunque estuviera mezclado con el miedo, lo que hizo nacer la religión. Pero saber que existe algo impenetrable, algo que se manifiesta en la razón más profunda y la belleza más resplandeciente hasta tal extremo que nuestra razón sólo puede acceder toscamente, este saber y este sentimiento constituyen la verdadera religiosidad. En este sentido, y en ninguno más, soy un hombre profundamente religioso”. Cuando una persona encuentra una respuesta al problema del sentido de la vida es ya una persona religiosa. El sentimiento religioso es consustancial al ser humano y no existe en los demás animales. Que después la relación con el Absoluto sea vivida de una o de otra manera, es ya otro tema. La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia de Dios forman una indestructible unidad tríadica estructural en la persona.