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En el año 1942, durante la invasión nazi liderada por Adolf Hitler, el catedrático de Neurología y Psiquiatría de la Universidad de Viena, Viktor Frankl (1905-1997) decidió permanecer en la ciudad para no dejar a sus ancianos padres, pese a que tenía la posibilidad de emigrar con su mujer a Estados Unidos. Pocas semanas después fue deportado junto al resto de su familia a un campo de concentración. Tras meses de impronunciables vejaciones presenció la muerte de su padre y tuvo que renunciar a su libreta, donde anotaba sus investigaciones, que fue destruida. Las extremas situaciones que le tocó vivir le hicieron profundizar en la búsqueda del sentido, descubriendo que los seres humanos son capaces de conquistar su propia felicidad mediante el desarrollo de la ‘inteligencia espiritual’, lo que le permitió enfrentarse a la soledad y a las privaciones del campo de concentración. Finalmente fue liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército norteamericano. Había perdido a sus padres, a su hermano y a su mujer, además de incontables amigos y compañeros. Al regresar a Viena, escribió El hombre en busca de sentido, donde afirma que “el ser humano no tolera el vacío existencial”. Las personas no nos conformamos con vivir entre las cosas y las personas, necesitamos autotrascendernos, saber cuáles son las razones últimas de nuestro ser y de nuestro actuar. Esto es tan decisivo para la vida humana, que al no encontrar un sentido último aparecen los desequilibrios psicopatológicos o las evasiones, desde las drogas hasta el suicidio. La mutilación de la trascendencia es la mutilación radical del ser humano, de la que brotan muchas de sus frustraciones. Necesitamos cultivar urgentemente una sabiduría superior, que vaya más allá de la ciencia, que humanice nuestra vida y que responda a la plenitud de las exigencias de nuestra naturaleza espiritual.