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Un escrito, supuestamente encontrados en las criptas de la Abadía de Westminster, dice así: “Cuando era joven y libre y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Al volverme más viejo y más sabio, descubrí que el mundo no cambiaría; entonces decidí cambiar sólo mi país. Pero también él parecía inamovible. Al ingresar en mis años de ocaso, en un último intento desesperado, me propuse cambiar sólo a mi familia, a mis allegados, pero, por desgracia, no me quedaba ninguno. Y ahora que estoy en mi lecho de muerte, de pronto me doy cuenta: si me hubiera cambiado primero a mí mismo, con el ejemplo habría cambiado a mi familia. A partir de esa inspiración y estímulo, podría haber hecho un bien a mi país y, quien sabe, tal vez incluso… habría cambiado el mundo”.

Eduardo Punset, autor del libro El poder de la mente, viene a ratificar lo aquí descrito: “Con los años ves que no puedes transformar el mundo, pero si la mente, y ese es el gran descubrimiento, puedes cambiar el cerebro de la gente”. “Transformar la sociedad es educar a los niños a gestionar sus emociones”. “Recuperemos una vieja verdad de las pocas que se sostienen de pie: lo que no hagas de los cuatro a los nueve años es tiempo perdido”. Y más adelante afirma: “Los neurólogos y psicólogos saben que actuamos no en función de lo que vemos sino de lo que pensamos que vemos, de nuestras convicciones. Una decisión tomada en un ambiente emocional tiene mayor relevancia que la misma decisión tomada fríamente”. Todo lo dicho hasta aquí recuerda  la frase “conócete a ti mismo”, que algunos atribuyen a Tales de Mileto, en el sentido de que comprenderse uno mismo es sinónimo de comprender a los demás.