¿Mística frente a religión?

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Para algunas personas hay distintos caminos para lograr una relativización parcial de sí mismo o lograr la liberación, pero para ellos una relativización total solo la realiza la mística, pues consideran que la religión como creencia en dioses o en el Dios del judeocristianismo ha perdido toda validez, pues tiene un elemento pragmático egoísta (Dios como respuesta a nuestros deseos y servidor de nuestras ilusiones). Frente a esto se propone la mística, que supone un distanciamiento no relativo sino radical de sí mismo, del propio ‘yo quiero’. Así, una vez descartado la existencia de Dios, la mística aliviaría el estado de intranquilidad que tienen los humanos, a diferencia de los animales. Pero, ¿puede la persona lograr esa paz en la muda, ciega y sorda relación con el universo?
Hoy no se pregunta si la religión es verdadera, sino si puede cumplir una función para mejorar nuestras vidas. Así, se la considera positiva si alivia nuestra contingencia, llena la soledad, si responde a la necesidad insuperable de encontrar reposo. Pero, “Dios no ha creado al hombre para la muerte sino para una vida eterna como la suya; la aniquilación del hombre contradice la fe en su raíz. Esta habla de creación y de nueva creación para el mismo sujeto, en novedad de futuro a la vez que en continuidad con el pasado” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, , Editorial Trotta, Madrid 2015, 257)

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¿Mística sin Dios?

hijo de Dios

El pensamiento de hoy deja atrás a Dios, a la religión y, por supuesto, al cristianismo, pues considera a la mística como una forma de estar en relación con el universo, con el resto de la realidad y consigo mismo. Es un posicionamiento tremendamente escéptico ante la posibilidad de conocer la realidad, ya que solo tenemos el lenguaje y el hecho de que exista una palabra no quiere decir que exista la realidad que la palabra indica. Y se piensa que, frente la egocentricidad que nos abruma puede haber una relativización parcial de la persona, pero solo la mística logra una relativización total de la misma. Así, la muerte es un hecho horrible para quien se sitúa a sí mismo en el centro, no así para aquella persona que superado el egocentrismo se sitúa dentro del mundo pero al margen. Por esto, para este pensamiento, la propuesta de la religión ya no es válida, en cambio, la unión mística es necesaria y benéfica pero en lugar de Dios hay que poner el universo.
Esto no responde a la vivencia que Juan de la Cruz nos transmite con la palabra ‘nada’, ya que para él Dios no es un instrumento, una idea, un valor, una fuerza con la que el ser humano se afirma a sí mismo frente a todo. Para san Juan de la Cruz Dios es Dios y el hombre es hombre. “La divinización a la que tiende toda mística pasa por este horno de fuego, que consume toda pretensión autodivinizadora del hombre y desde ella apropiativa de Dios. La noche es doble: aquella en la que el hombre se adentra para llegar a Dios y aquella que Dios le inflige para purificar, ensanchar y hacerle capaz de ser partícipe de su divinidad” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Ed. Trotta, Madrid 2015, pág. 234).

¿Qué mística nos propone san Pablo?

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San Pablo se comunica con nosotros desde el siguiente horizonte: el de su encuentro con Jesús resucitado. Dios le dio a Pablo reconocer a Jesús como Hijo cuando iba camino de Damasco. Este acontecimiento no fue el resultado de una transformación interior llevada a cabo en la reflexión sobre Jesús: “Y cuando aquél que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia se dignó revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos…” (Gal.1, 15). No se trata de un proyecto individual. Los protagonistas son Dios como origen y destinado a la humanidad. Esta es la revelación central en la vida de Pablo y nos propone al Cristo viviente como nuestra propia vida: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20-21). Cristo convierte al apóstol no solo en mensajero de su doctrina sino en testimonio vivo de su persona, ya que el apóstol sufriente revive en su persona la trayectoria del que acabó en la cruz. Dice O. González de Cardedal: “En la cruz de Cristo, escándalo para este mundo, y en la pobreza, enfermedad e insignificancia del apóstol se revela el designio o misterio de Dios para salvación de todo el que cree. Y esto es el Evangelio: potencia de salvación de Dios para todo hombre judío o griego, pobre o rico, cercano o lejano (cf. Rom 1, 16). A la luz de estas experiencias, hechas por el apóstol frente a un judaísmo que se centra en la ley como justificadora del hombre y unas religiones que sitúan la salvación en experiencias de trasmundos, vive y elabora Pablo la que podemos designar ‘mística del Crucificado’” (Cristianismo y mística, Trotta, Madrid 2015, 295).
Una verdadera mística de la cruz no tiene nada que ver con ciertos dolorismos, ascetismos o rigorismos. La cruz a la que Cristo llega en plena conciencia y libertad, se convierte en un símbolo de la solidaridad de destino y victoria de Dios sobre los poderes del mal para liberación, santificación y vida nueva de los humanos. Cada cristiano lleva su cruz de cada día en unión y conformación con Jesús, compartiendo el misterio de la vida de Jesús, al que el Padre nos quiere integrar.

¿La vida contemplativa es una dimensión de toda vida cristiana?

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Solo habla bien de Dios quien habla desde él: desde la vida vivida delante de él, desde la oración, el amor y la fidelidad”, afirma Olegario González de Cardedal en Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 172. Hay que tener presente siempre estos dos polos: Obediencia a Dios creador y amistad, confianza y confidencia en él como padre, amigo y guía movidos por su Espíritu. No podemos acentuar en demasía la trascendencia divina que haga imposible comprender su inmanencia en nuestra historia por la encarnación, asumiendo una humanidad en la que va existir eternamente como Dios. Así, mística y profetismo son coextensivos en el cristianismo.
Muchas veces se ha presentado el camino contemplativo como tres vías que sitúan la relación con Dios en línea progresiva. Así la etapa de purificación para los principiantes, la de la iluminación para los avanzados y la vía de la unión para los perfectos. Se presentan estas vías como si de una se pasase a la otra progresivamente, cuando en realidad se trata de tres momentos permanentes en todas las tapas: mientras vivimos peregrinando no cesan ni la purificación ni la iluminación y no siempre se actualiza la unión. Por tanto la dimensión contemplativa es para todas las personas creyentes, si bien la proporción del tiempo dedicado a la oración y a la acción dependen de la peculiar vocación de cada persona con las gracias correspondientes para llevar a cabo esa misión.

¿La mística cristiana es esencialmente mística eclesial?

comunidad eclesial

En el presente las amenazas al cristianismo no vienen solamente del materialismo y el consumismo sino de los movimientos gnósticos, esotéricos, que son un platonismo desnudado de sus elementos más profundos. Para el ser humano es esencial conocer el ser de Dios y su voluntad; saber que piensa y que es lo que quiere de nosotros. Si Dios fuera solo objeto, bastaría la capacidad natural de la persona para preguntar por él y dando las correspondientes respuestas conocerlo, pero Dios como ser personal solo es cognoscible si libremente se da a conocer. Y la persona solo puede conocerlo si le da crédito. Es decir tener un conocimiento experiencial o místico de Dios. La manifestación de Dios no se lleva a cabo mediante ideas, programas morales o ideales utópicos, sino mediante hechos llevados a cabo por personas. “La fe obliga al hombre a reconocer su creaturidad, su impotencia en el orden del ser y del perdurar; le planta ante un Dios real no ante un Dios ideal, el Dios que nos reduce al silencio y que no se presenta en primer lugar como un incremento de nosotros mismos sino primero como el que desvela nuestra finitud, nuestro pecado y nuestra muerte. Solo  con este duro granito de la realidad humana y de la revelación divina, que lo relativiza y personaliza, es el hombre un creyente” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 170). Así, la mística cristiana es esencialmente mística eclesial, ya que en la Iglesia se nos revela y da el misterio trinitario de Dios con su permanente interpretación auténtica por el espíritu y el apóstol.

¿La plenitud de la vida cristiana es la santidad?

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Una persona es santa cuando es el Espíritu del Señor Jesús Resucitado quien la conduce y anima. Ya no es ella quien vive, sino el Espíritu del Señor en ella y su único y mayor deseo es hacer su voluntad. “La vida cristiana responde a una estructura antropológica del hombre, con matices diferentes en cada época, generación y cultura, pero es sobre todo fruto de los dones que Dios otorga a cada alma y de los carismas con la cualifica para el servicio de la Iglesia” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 158). La identificación plena con Cristo es la esencial continuidad de la experiencia cristiana, lo que podríamos llamar mística, no obstante la vida cristiana tiene muchos polos de concentración y acción y no llegar al grado máximo de unión no quiere decir fracaso en la vida cristiana. Por tanto se puede decir que “los místicos son los santos sin más: hombres y mujeres que la Iglesia ha reconocido la verdad de su fe, su esperanza y su caridad, acreditadas en la vida, atestiguadas por quienes los conocieron o convivieron con ellos y propuestas como ejemplo para los demás creyentes” (o. c., 159).
¿Podríamos por tanto hablar de lo que caracteriza a la experiencia mística? Si. Se trata de un conocimiento experiencial de Dios, “de una percepción fruitiva en el ser humano, de una vida centrada en Dios y determinada en su inteligencia, voluntad y corazón por esa presencia divina, con la capacidad para identificarla, describirla y luego comunicarla inteligiblemente a los demás” (o. c. 161). Esta experiencia mística es fruto del don que es Dios mismo y de los dones de su santo Espíritu al alma. Los místicos son la expresión de la suprema posibilidad humana: llegar hasta las últimas alturas y honduras del propio ser.

¿Hay influencia helenista en la teología mística?

silencio interior
Quien pone en uso la palabra “místico” y “mística” para expresar una experiencia espiritual es el Pseudodionisio, que con su pretendida identidad apostólica, al ser identificado con el oyente de san Pablo en el Areópago, adquirió una autoridad e influencia únicas. En realidad se trataría de un monje sirio de finales del siglo V, que, en su libro La teología mística, nos ofrece el camino “para llegar a ese conocimiento paciente, experiencial de Dios que tiene lugar por ascensión al monte de su gloria en introducción en la nube como Moisés en el Sinaí y que nos hace posible conocer al Incognoscible mediante aquel rayo de tiniebla que a la vez purifica e ilumina, ciega y alumbra, con un no saber que, siendo tal, sin embargo excede todo conocimiento” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 112). Como se puede observar, estamos ante una transposición de la experiencia cristiana a un marco de explicación que no está en la Biblia: una helenización del cristianismo. Será san Anselmo y todo el movimiento cisterciense derivado de san Bernardo, junto con Francisco de Asís, que darán un vuelco a esta concepción del cristianismo “desplazando el Ser supremo, el Bien y el Uno del neoplatonismo cristiano para centrar la mirada en el niño Jesús y en el Crucificado, muerto por nosotros; es decir, en cuna y cruz, en dolor y en amor más que en razón y especulación” (pág. 113). A la contemplación del Eterno con los ojos cerrados le sucede la mirada al rostro de Cristo crucificado.

¿Quiénes son los místicos?

SALVADOR SLAIN BISHOP

A woman passes a mural of slain Bishop Oscar Arnulfo Romero in Santa Tecla, some 8 miles from San Salvador, Tuesday, March 22, 2005. Salvadorans are commemorating the 25th anniversary of the murder of Bishop Oscar Arnulfo Romero on March 24. (AP Photo/Luis Romero) ** EFE OUT**

En la historia de la cultura occidental la palabra “mística” se refiere siempre a personas, textos y experiencias cristianas. La tradición espiritual lo expresaba así: “Sentimiento intenso de la presencia y acción de Dios en la persona; encuentro unitivo con el fondo absoluto de su ser, en el que se revela y entrega Dios; conocimiento experimental, no solo nocional de Dios; unión con Dios, a la que sigue una fruición y divinización; nacimiento del Hijo en el alma, prolongando o actualizando así la encarnación del Verbo en unidad con la generación eterna del Padre, de forma que generación en el seno del Padre, generación en el seno de María y generación en el alma forman una unidad; relación esponsal entre el alma y Dios” (O. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Cristianismo y mística, Trotta, Madrid 2015, pág.97). En el siglo XIX se universalizó el uso para aplicarlo también a experiencias similares de otras religiones y en el siglo XX se secularizó el término aplicándolo, por ejemplo, a la “mística marxista”. Wittgenstein remite esta palabra al silencio, pues para él lo expresable lo dice la lógica y lo inexpresable la mística. Y ya a finales del siglo se llega a una universalización del término difuminándose su contenido.
Así, pues, ¿Quiénes son los místicos? Aquellas personas que viven una relación de presencia inmediata de Dios no solo como creador y fundamento sino como principio e iniciador de una relación amorosa y de un conocimiento experiencial por el cual su existencia adquiere un centro nuevo de sentido y un dinamismo de acción.

¿Fue Pablo de Tarso un místico?

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Ya el año 1955, el biblista A. Wikenhauser en su obra La mística de Cristo del apóstol Pablo (1928), en el prólogo de la segunda edición de su libro, afirma: “A la mística de Cristo, es decir, a la unión mística de los cristianos con Cristo se la ha denominado el corazón de la espiritualidad del apóstol Pablo… esta unión mística con Cristo, según la propia doctrina de Pablo, no es el privilegio de su persona o de un pequeño grupo de especialmente agraciados, sino un precioso don divino y una serísima tarea humana para cada cristiano”. Y su contemporáneo A. Schweitzer, el año 1930, escribió La mística del apóstol Pablo donde afirma: “La idea fundamental de la mística paulina es esta: ‘Yo estoy en Cristo; en él me conozco como un ser elevado por encima de este mundo sensible, pecador y efímero, un ser que pertenece ya al mundo sobrenatural; en él estoy seguro de la resurrección; en él soy hijo de Dios’. Otra característica de la mística paulina es que ‘el ser en Cristo’ es presentado como ‘un estar muerto-resucitado con él. Por él estamos liberados del pecado y de la ley, en posesión del espíritu de Cristo y tengo seguridad de la resurrección” (La mystique de l’Apôtre Paul, París 1962, 7).
Pablo en el camino de Damasco muere a la ley como morada vital de su confianza y gloria ante Dios. Y como bien dice O. González de Cardedal, “dejará de gloriarse en el cumplimiento de aquella para comenzar a gloriarse y vivir en Cristo Jesús como lugar personal en el que se habita y por quien se es habitado” (Cristianismo y mística, Editorial Trotta, Madrid 2015, 69). Por esto el mismo Pablo dice: “Porque yo, por la misma ley he muerto a la ley a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo; vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19-20) ¿Qué conclusiones podemos sacar, pues, de la experiencia mística de Pablo? En primer lugar que su conversión no es el resultado de una preparación previa ni la ganancia de una conquista, pues es Dios quien se apodera de la persona y no esta de Dios. Y en segundo lugar, “la mística de Pablo es una mística de la pasión, entendida esta como la incorporación al Cristo que padeció el escarnio de la cruz por nuestros pecados, que vive aún intercediendo por nosotros mientras todavía peregrinamos y que tiene que ser formado en los creyentes” (o. c. 71). Así pues la mística de Pablo es democrática y comunitaria frente a otras que son individualistas e elitistas.