¿Desánimo o paciencia?

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La convivencia es fuente de alegría y de enriquecimiento, pero ante las flaquezas propias y ajenas nos ofrecen la posibilidad del propio vaciamiento. Debemos llevar con paciencia las limitaciones. La paciencia se ha excluido de la convivencia social con una campaña de difamación, cuando ella no es timidez, debilidad, impotencia o resignación. “Por el contrario, contiene entre sus ingredientes fuerza de ánimo, fortaleza, resistencia, perseverancia, temple, caràcter. La paciencia no es la virtud de los viejos, de los que han perdido los sueños, sino de los jóvenes con ideales audaces y proyectos arriesgados. El hombre paciente no se rinde ni siquiera ante la derrota; acepta los retrasos, la oscuridad espesa, las contradicciones, los rechazos. Pero no los considera la ‘última palabra’. Cuando todo parece perdido, él no pierde la paciencia. Las obras importantes se comienzan con la paciencia, se prosiguen con paciencia y solo se terminan con paciencia. La paciencia constituye el antídoto especial contra el desánimo. Solamente la paciencia confiere solidez al amor” (M. SÁNCHEZ MONGE, Este es el tiempo de la misericordia, Sal Terrae, Santander 2016, 233). Así, la paciencia es la capacidad de padecer las grandes o pequeñas contradicciones que la vida nos ofrece sin alterarse. Pero como dijo santa Teresa de Jesús, “la paciencia todo lo alcanza”.

¿Podemos aspirar a la santidad?

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Teresa de Lisieux nos ofrece un camino nuevo: “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí (Pr 9,4).

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré (Is 66,13). Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias (Sal. 88,2)” (Manuscrito Autobiográfico C, 2 v°-3 r°).

¿Del compromiso al desapego?

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La persona debe desarrollar en plenitud todas sus potencialidades, al mismo ritmo que la totalidad del género humano y el mundo van madurando hacia su plenitud. Todos nuestros esfuerzos de perfeccionamiento, de mejora de las condiciones humanas y de respeto ecológico tienen una función santa y unificante. Pero al mismo tiempo tenemos que ir despegándonos de todo hasta la entrega final en Cristo. Así pues, como dice Teilhard de Chardin, “en el ritmo general de la vida cristiana, desarrollo y renuncia, asimiento y desasimiento no son términos que se excluyan mutuamente. Armonizan entre sí, como en el juego de nuestros pulmones la inspiración del aire y su expiración. Son dos tiempos de la respiración del alma, o, sí se prefiere, dos componentes del impulso mediante el cual el alma continuamente toma pie en las cosas para superarlas”. Pues, precisamente está en esto el sentido de la Cruz en su sentido pleno:”La alianza inseparable de los dos términos: progreso personal y renuncia en Dios; pero a la vez preeminencia constante, y luego final, de lo segundo sobre lo primero”. La vida tiene un término, una dirección, una orientación, una espiritualización que se logra con el mayor esfuerzo: “La doctrina de la Cruz, tomada en su grado superior de generalidad, es la doctrina a que se adhiere todo hombre que este persuadido de que frente a la inmensa agitación humana se abre un camino hacia alguna salida y que este camino es ascendente” (Cf. TEILHARD DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968)

¿El perdón es el gesto más grande que puede realizar el ser humano?

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Podríamos afirmar que el perdón es la última etapa del camino de humanización de toda persona, pues tenemos el ejemplo de Jesús que nos enseña a perdonar al enemigo estando en la cruz y apunto de morir: “Padre, perdónalos, que no saben lo que se hacen” (Lc 23,34) y nos da este mandato a sus discípulos una vez resucitado: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados” (Jn 20, 23).
Enzo Bianchi (1943), fundador y prior de la comunidad monástica Bose (Italia) nos hace una reflexión muy sugerente: “El otro no es el mal, no es su encarnación, no puede ser demonizado: el otro sigue siendo un hombre o una mujer que ha cometido una acción mala; pero cada uno es siempre más grande que el mal cometido. Si no se asume esta mirada, la única salida posible consiste en condenar a muerte al ofensor, negarlo a costa de su destrucción” (E. BIANCHI, Don y perdón, Por una ética de la compasión, Sal Terrae Breve, Santander 2016, 50). Y más adelante, al hablar de la compasión, nos recuerda su importancia: “si la compasión es el sentimiento que impulsa a con-sufrir y compartir los males del otro, ha de reconocerse que es constitutiva de la existencia humana. Sin compasión no podría existir humanización, porque esta es el fruto de la comunicación y de la solidaridad, de la responsabilidad recíproca y de la comunidad de destino entre los seres humanos” (pág. 89).

¿Necesitamos rescatar la inteligencia cordial?

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La relación de la persona con la naturaleza se ha trastocado. Hemos martirizado en demasía a la madre Tierra y nuestro destino está amenazado. Siguiendo el pensamiento de Leonardo Boff en su reciente libro La Tierra en nuestras manos. Una visión del planeta y de la humanidad, Sal Terrae, Santander 2016: “En todo este proceso ha tenido lugar un profundo desplazamiento en la relación. De estar inserto en la naturaleza como parte de ella, el ser humano se ha transformado en un ser fuera y por encima de la naturaleza, cuyo propósito es dominarla y tratarla como el inquisidor trata a su inquirido: torturándolo hasta que entregue todos sus secretos. Este es el método ampliamente imperante en las universidades y en los laboratorios todavía en nuestros días” (pág. 115). Necesitamos establecer un pacto perenne de paz de todos con la Tierra, ya que esta participa también de la misma dignidad y derechos que los humanos.
Por consiguiente, hace falta un cambio en el corazón que “implica ir más allá de la inteligencia intelectual, científico-técnica, siempre necesaria para la supervivencia de la vida. Necesitamos rescatar la inteligencia cordial y sensible y amalgamarla con la inteligencia intelectual. Sin esa inteligencia cordial, mucho más ancestral que la otra, no seremos capaces de ser sensibles a las dolencias y llagas que afectan a la Madre Tierra” (pág. 122). Y continúa: “No es la razón fría, sino la razón sensible, la que mueve a las personas a bajarlas de la cruz y permitirles vivir. Por eso es urgente someter a crítica el modelo de ciencia dominante, impugnar radicalmente las aplicaciones que se hacen de ella más en función del lucro que de la vida, y desenmascarar el actual modelo de desarrollo, que es insostenible por ser enormemente depredador e injusto” (pág. 141).

 

¿EN QUÉ COSMOLOGÍA NOS SITUAMOS?

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big-bangFrente a la cosmología de la conquista, el dominio y la explotación del mundo en función del progreso y de un crecimiento ilimitado donde se han construido armas de destrucción masiva capaces de acabar con toda vida humana, siendo la consecuencia última de todo ello el desequilibrio del sistema-Tierra, que se manifiesta en el calentamiento global, nos situamos a favor de una cosmología alternativa y potencialmente salvadora: la cosmología de la transformación, que sitúa nuestra realidad dentro de la cosmogénesis, ese inmenso proceso evolutivo iniciado a partir del big bang, hace cerca de 13.700 millones de años. Este modelo “busca construir sociedades autosostenibles dentro de las posibilidades de las biorregiones, basadas en la ecología, en la cultura local y en la participación de las poblaciones, respetando la naturaleza y buscando el ‘bien vivir’, que es la armonía entre todos y con la Madre Tierra” (L. BOFF, La Tierra está en nuestras manos. Una nueva visión del planeta y de la humanidad, Sal Terrae, Santander 2016, 19).
Siguiendo al profesor Leonardo Boff, por más diversas que sean las formas de vida, todas ellas provienen de un único ser vivo primordial, aparecido hace 3.800 millones de años: “Todos los seres vivos, desde los más ancestrales, pasando por los dinosaurios, los colibríes y los caballos, hasta nosotros mismos, los seres humanos, estamos formados por veinte aminoácidos y cuatro ácidos nucleídos. Este es el alfabeto universal con el que se inscriben todas las palabras vivas: la inconmensurable biodiversidad de la naturaleza. Y, ¿quiénes somos nosotros? Somos un eslabón de la corriente única de la vida; un animal de la rama de los vertebrados, sexuado, de la clase de los mamíferos, del orden de los primates, de la familia de los homínidos, del género homo, de la especie sapiens/demens; dotado de un cuerpo formado por treinta mil millones de células, continuamente renovado por un sistema genético formado a lo largo de 3.800 millones de años; portador de tres niveles de cerebro con entre diez y cien mil millones de neuronas, el reptiliano, aparecido hace 300 millones de años, en torno al cual se formó el cerebro límbico hace 220 millones de años y completado, finalmente, por el cerebro neo-cortical, aparecido hace entre 5 y 7 millones de años, aproximadamente, con el que organizamos conceptualmente el mundo; portador de una psique con la misma ancestralidad que el cuerpo y que le permite ser sujeto, estructurada en torno al deseo, a arquetipos ancestrales y a todo tipo de emociones; un ser coronado por el espíritu, que es ese momento de la conciencia que le permite sentirse parte de un todo mayor, que le hace estar siempre abierto al otro y al infinito; un ser capaz de intervenir en la naturaleza, hacer cultura, crear y percibir significados y valores e indagar sobre el sentido último del Todo, hoy en su fase planetaria, rumbo a la noosfera, por la que mentes y corazones habrán de converger en una humanidad unificada (Ibid., 33, 39).
Según la nueva cosmología, el espíritu posee el mismo carácter ancestral que el universo. Antes de estar en nosotros, ya está en el cosmos. El espíritu es la capacidad de interrelación que todas las cosas tienen entre sí. Son el tejido relacional, cada vez más complejo, que genera unidades cada vez más elevadas y cargadas de significado. Así, nuestro autor concibe la espiritualidad como “toda actitud y toda actividad que favorecen la relación consciente, la vida refleja, la comunión abierta, la subjetividad profunda y la trascendencia rumbo a horizontes cada vez más amplios, hasta incluir la Realidad Suprema” (Ibid., 42). Finalmente, “la espiritualidad no es pensar a Dios, sino sentir a Dios como el Eslabón que enlaza a todos los seres, interconectándolos y constituyéndonos a nosotros mismos juntamente con el cosmos” (Ibid. 43). Leonardo Boff considera al ser humano como la porción consciente de la Tierra y afirma que: “Junto a esta inteligencia intelectual y emocional, existe también en el ser humano la inteligencia espiritual, que no es tan solo un dato del ser humano, sino, según la opinión de reconocidos cosmólogos, una de las dimensiones del universo. El espíritu y la conciencia tienen su lugar propio dentro del proceso cosmogénico. Podemos decir que están primero en el universo y después en la Tierra y en el ser humano. La distinción, por una parte, el espíritu de la Tierra y del universo y, por otra, nuestro espíritu no es de principio, sino de grado. Este espíritu, activo desde el primerísimo instante después de producirse el big bang, es aquella capacidad que el universo manifiesta de hacer de todas las relaciones e interdependencias una unidad sinfónica” (Ibid., 45). Teniendo presente que la ley básica del universo no es la competición que divide y excluye, sino la cooperación que suma e incluye, probablemente sea la ecología profunda la que crea el mejor espacio para la experiencia de Dios, sumergiéndose en aquel Misterio que todo lo penetra y todo lo sustenta.

¿CÓMO AFRONTAR LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE?

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En el proceso espiritual de la unión con Dios y la muerte de nuestro egoísmo a lo largo de nuestra vida, llega el momento de la enfermedad y la muerte. Para prepararnos a este paso de muerte a vida, transcribo esta impresionante oración del Teilhard de Chardin con el deseo de poderla hacer nuestra algún día:

“Tras haberte percibido como Aquel que es “un más yo- mismo”, haz, llegada mi hora, que te reconozca bajo las especies de cada fuerza, extraña o enemiga, que parezca querer destruirme o suplantarme. Cuando sobre mi cuerpo (y aun más sobre mi espíritu) empieza a señalarse el desgaste de la edad; cuando caiga sobre mí desde fuera, o nazca en mí por dentro, el mal que empequeñece o que nos lleva; en el minuto doloroso en que me dé cuenta,repentinamente, de que estoy enfermo y me hago viejo; sobre todo en ese momento en que sienta que escapo de mí mismo, absolutamente pasivo en manos de las grandes fuerzas desconocidas que me han formado; Señor, en todas estas horas sombrías, hazme comprender que eres Tú (y sea mi fe lo bastante grande) el que dolorosamente separa las fibras de mí ser para penetrar hasta la médula de mi sustancia y exaltarme en Ti.
Sí, cuanto más me incrusta el mal y más se hace incurable en el fondo de mi carne, a Ti más te cobijo, como un principio amante, activo, de depuración y de liberación. Cuanto más se abre ante mí el futuro como una grieta vertiginosa o un oscuro paso, más confianza puedo tener, si me aventuro sobre tu palabra, de perderme o abismarme en Ti, de ser, Jesús, asimilado por tu Cuerpo.
Energía de mi Señor, Fuerza irresistible y viviente, puesto que de nosotros dos Tú eres infinitamente el más fuerte, a Ti es a quien compete el papel de quemarme en la unión que ha de fundirnos juntos. Dame todavía algo más precioso que la gracia por la que todos los fieles te ruegan. No basta con que muera comulgando. Enséñame a comulgar muriendo”. (T. DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968, 103-104)

¿TODOS SOMOS INMIGRANTES?

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Salir y marchar, esa es la esencia de la aventura humana. Ese es el destino de todo ser humano en el desarrollo de su vida, en el cambio de sus ideas, en el florecer de su personalidad. Todos acabamos siendo distintos de lo que éramos. También todos somos inmigrantes porque, aunque nosotros no cambiemos de país de residencia, el país en que residimos si cambia. Ahora ya no somos solo ciudadanos de nuestro barrio, sino de Europa y África, de China y de la India, de América del Norte y del Sur, y hasta de las islas del Pacífico y de los hielos de la Antártida. A pesar de ser todos inmigrantes, lo somos unos y otros de distinta manera, y los que vivimos en un sitio discriminamos a los que han llegado recientemente de lejanas tierras para acampar en nuestra vecindad. Y esto crea problemas: “El sueño secreto de la mayoría de los inmigrantes es que se los tome por hijos del país. Pasar sencillamente desapercibidos. Algunos lo consiguen, pero la mayoría no. No tienen el acento exacto, el tono de piel adecuado, el nombre, el apellido, el gesto, y todo esto los delata. Muchos de ellos saben que es inútil intentarlo siquiera, y como reacción presumida se hacen aún más diferentes de lo que son en realidad. Algunos van demasiado lejos y su frustración se convierte en oposición” (A. MAALOUF, Identités meurtrieères, 38). Esto por no darnos cuenta de que la identidad múltiple ayuda al crecimiento de la persona y a sus relaciones con los demás, mientras que la identidad única crea conflictos para la persona y para la sociedad, llegando aquí al núcleo de lo que nos ocupa: “No debemos hacer que los inmigrantes se hagan como nosotros. Debemos construir un nuevo ‘nosotros’” (R. PUTNAM, Financial Times, 20 de julio de 2006). Y, ante el problema más grave y urgente del género humano que tenemos hoy, que es el abismo entre ricos y pobres, los inmigrantes nos recuerdan  que tenemos que trabajar para que este abismo vaya desapareciendo (Cf. C. G. VALLÉS, Todos somos inmigrantes, Sal Terrae, Santander 2016).

¿Cómo va transformando Dios nuestras muertes en vida mejor?

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La Providencia va transformando el Mal en Bien de tres modos: En primer lugar suele ocurrir que nuestros fracasos hacen que busquemos en otra dirección derivando nuestra actividad hacia un marco más favorable que permita desarrollarnos. En otras ocasiones la pérdida que nos aflige nos obliga a buscar la satisfacción de nuestros frustrados deseos en un campo menos material. “La historia de los santos, y en general la de todos los personajes célebres por su inteligencia o su bondad, se halla llena de estos casos en que vemos salir al hombre, engrandecido, templado, renovado tras una prueba o incluso una caída, que parecían deber apocarle o derrotarle para siempre”. Entonces, el fracaso, incluso moral, se trueca también en éxito. En estos casos podemos llegar a comprender a la Providencia, pero hay casos más difíciles ,que suelen ser los más corrientes, y aquí entramos en el segundo modo, donde quedamos desconcertados: desapariciones prematuras, accidentes estúpidos, debilitaciones que afectan a las zonas superiores del ser. Ante semejantes golpes, la persona no se levanta en ninguna dirección apreciable, sino que desaparece o queda tristemente aminorada. ¿Cómo es posible que incluso estas reducciones sin compensación, que son la Muerte en lo que tiene precisamente de mortal, se conviertan para nosotros en un bien? Dios transforma nuestros sufrimientos haciendo que sirvan para nuestro perfeccionamiento. Entre sus manos, estas fuerzas destructivas “se convierten en el instrumento que talla, esculpe y pule en nosotros la piedra destinada a ocupar un lugar preciso en la Jerusalén celeste”.
Finalmente, entramos ahora en el tercer modo, donde la acción de la Providencia es más eficaz y el más santificante. Ésta se manifiesta, en el campo de nuestras disminuciones, convirtiéndose en un factor inmediato de la unión con Dios. “Unirse es, en todos los casos, emigrar y morir parcialmente en aquello que amamos. Pero si, según estamos persuadidos, esta aniquilación en el Otro tiene que ser tanto más completa cuanto mayor que nosotros sea aquel a quien nos ligamos, ¿cuál no será el desprendimiento requerido para que nos integremos a Dios? Sin duda, la destrucción progresiva de nuestro egoísmo por medio de la ampliación “automática” de las perspectivas humanas, unida a la espiritualización gradual de nuestros gustos y de nuestras ambiciones bajo la acción de ciertos fracasos, es forma muy real del éxtasis que ha de sustraernos a nosotros mismos para subordinamos a Dios”. El efecto de este desasimiento es llevarnos al centro de nuestra personalidad donde podemos tener la impresión de que nos poseemos en grado sumo, más libres y más activos que nunca. Pero todavía no hemos franqueado el punto crítico de nuestra excentración, de nuestra vuelta a Dios. Es preciso dar un paso más: ése que nos hará perder pie en nosotros mismos: la Muerte. Pues bien, el gran triunfo del Creador y del Redentor es haber transformado en factor esencial de vivificación lo que es en sí una fuerza universal de disminución y de desaparición. “Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo ahondarnos, vaciarnos, hacerse un lugar. Para asimilarnos en él debe manipularnos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser. La Muerte es la encargada de practicar hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida. Nos hará experimentar la disociación esperada. Nos pondrá en el estado orgánico que se requiere para que penetre en nosotros el Fuego divino. Y así, su poder nefasto de descomponer y de disolver se hallará puesto al servicio de la más sublime de las operaciones de la Vida. Lo que era por naturaleza abismo, desierto, retorno a la pluralidad, puede convertirse, para cada existencia humana, en plenitud y en unidad con Dios”. (Cf. P. TEILHARD DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968, 100-103)

¿Qué diferencia hay entre el alma de la persona y su espíritu y cual es la función de la Inteligencia Espiritual?

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Tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento con la palabra alma se significa originariamente aliento, principio de vida, sede de los pensamientos y sensaciones y a veces persona. Así, el alma de la persona sería como la expresión de la personalidad, donde se encuentran las emociones, el intelecto y la voluntad. Son los elementos que nos hacen humanos. Los pensamientos, los ideales, los sentimientos, el amor, el discernimiento, la decisión, la selección, etc. son experiencias del alma.
Una cosa es la personalidad del ser humano y otra el lugar donde se puede producir la comunicación con Dios en la persona. Esta comunicación se produce en el espíritu, que tiene tres funciones: conciencia, intuición y comunión: a) La conciencia es el órgano que discierne y distingue entre lo bueno y lo malo, sin que entre en juego la influencia del conocimiento; b) La intuición es el órgano de la sensación del espíritu humano que viene a nosotros sin ninguna ayuda de la mente, emoción o voluntad. Es decir, que llega a nosotros como una clarividencia; y , finalmente, c) La comunión o el encuentro-adoración con Dios, donde los órganos del alma son incompetentes para esto.

Así, la función de la Inteligencia Espiritual es favorecer mediante el silencio que se abra nuestro espíritu al encuentro con Dios.