¿Oramos, como Teilhard de Chardin, a la Providencia divina?

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Teilhard de Chardin

Oh Tú, cuya llamada precede al primero de nuestros movimientos,
concédeme, Dios mío, el deseo de desear ser,
a fin de que por esta divina sed misma que me has dado,
se abra en mí ampliamente el acceso a las grandes fuentes.
El gusto sagrado del ser,
esta energía primordial, este primero de nuestros puntos de apoyo,
no me lo quites, Dios mío: “Confírmame con tu espíritu.”
Y Tú, además,
Tú, cuya sabiduría amante me forma a partir de todas las fuerzas
y de todos los azares de la Tierra,
permíteme que esboce un gesto cuya eficacia plena
se me aparezca frente a las fuerzas de disminución y de muerte;
haz que tras haber deseado, crea, crea ardientemente,
crea en tu presencia activa sobre todas las cosas.
Gracias a Ti, esta espera y esta fe están ya llenas de virtud operante.
Pero cómo podré testimoniarte y probarme a mí mismo,
mediante un esfuerzo exterior,
que no soy de los que dicen tan sólo a flor de labios: “¡Señor, Señor!”
Colaboraré en tu acción previsora, y lo haré de modo doble.
Primero, responderé a tu inspiración profunda que me ordena existir,
teniendo cuidado de nunca ahogar, ni desviar,
ni desperdiciar mi fuerza de amar y de hacer.
Y luego, a tu Providencia envolvente,
que me indica en todo instante,
por los acontecimientos del día, el paso siguiente que he de dar,
el escalón que he de subir a esta Providencia
me uniré mediante el cuidado de no perder ocasión alguna
dé subir “hacia el espíritu”.

Teilhard de Chardin, El Medio Divino, http://www.bibliotecaespiritual.com/pdf, 22.

¿La Creación es un lugar sagrado?

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Teilhard de Chardin nos ayuda a encontrar la respuesta: “Valiéndose de todas las criaturas, sin excepción alguna, lo Divino nos asedia, nos penetra, nos fragua. Lo pensábamos lejano, inaccesible: vivimos hundidos en sus ardientes. capas. ‘In eo vivimus…’ En verdad, como decía Jacob al salir del sueño, el Mundo, este Mundo tangible, por el que arrastramos el aburrimiento y la irreverencia reservados para los lugares profanos, es un lugar sagrado, ¿y no lo sabíamos? ‘Venite, adoremus’”. Y nos da esta recomendación: “Abandonemos la superficie. Y sin dejar el Mundo, hundámonos en Dios. Allí y desde allí, en él y por él, todo lo tendremos y mandaremos en todo. De todas las flores y las luces que hayamos debido abandonar para ser fieles a la vida, allí un día hallaremos su esencia y su fulgor. Los seres que desesperábamos poder alcanzar y, aún más, influenciar, allí están reunidos por el vértice más vulnerable, el más receptivo, el más enriquecedor de su sustancia”.
Llegados a este punto Teilhard describe de un modo maravilloso a Dios (Medio Divino): “La maravilla esencial del Medio Divino es la facilidad con la que reúne y armoniza en sí mismo las cualidades que nos parecen ser más contrarías. Inmenso como el Mundo y más temible que las más inmensas energías del Universo, el Medio Divino posee, sin embargo, en grado superlativo, la concentración y la precisión que constituyen el encanto y la cordialidad de las personas humanas. Innumerable y vasto, como la onda centelleante de las criaturas que sostiene y sobreanima su Océano, el Medio Divino conserva al mismo tiempo la Trascendencia concreta que le permite reunir sin confusión a su Unidad triunfante y personal los elementos del Mundo. Incomparablemente próximo y tangible, puesto que nos presiona mediante las fuerzas todas del Universo, el Medio Divino huye tan continuadamente de nuestro abrazo, que aquí abajo jamás podemos aprehenderlo, si no es alzándonos hasta el límite de nuestro esfuerzo, elevados por su misma onda, presente y atrayente en el fondo inaccesible de toda criatura, se retira cada vez más lejos, y nos arrastra consigo hacia el centro común de toda consumación. Alcanzo a Dios en aquellos a quienes amo, en la medida en que ellos y yo nos espiritualizamos cada vez más. Asimismo, le aprehendo en el fondo de la Belleza y de la Bondad, en la medida en que las persigo cada vez más lejos, con facultades incesantemente purificadas. Por el Medio Divino el contacto con la Materia purifica y la castidad florece como sublimación del amor. Por el Medio Divino el desarrollo lleva a la renuncia. El asimiento a las cosas nos aparta de cuanto tienen de caduco. La muerte se convierte en una resurrección” (TEILHARD DE CHARDIN, El medi divi, Nova Terra, Barcelona 1968, 133-134)

¿La interioridad es la puerta que nos abre a la trascendencia?

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Ante el ruido en el que estamos sometidos, las tecnologías, la competitividad, la hiperestimulación, la interioridad se convierte en una especie de refugio, de nostalgia de Dios, ya que no hay fe sin interioridad, pero puede haber interioridad sin fe. Y es el silencio el que abre nuestro interior. “Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”.
La experiencia de Dios no es algo automático que acontece como consecuencia de un determinado nivel de nuestra conciencia personal. Por el contrario, precisa siempre de la acogida de una Presencia que nos lleva más allá de nosotros mismos. Nuestra verdadera identidad se descubre y consolida en referencia al Misterio divino. Así, vivir desde el interior implica salir de la inmediatez para descubrir la realidad desde una nueva perspectiva. Supone una larga tarea de integración personal en este lugar de sabiduría y discernimiento donde se saborean las cosas de Dios y donde se perciben los movimientos de nuestros afectos y el soplo del Espíritu con sus impulsos e invitaciones. En definitiva se trata de una interioridad habitada en un encuentro y en una progresiva compenetración en el amor con Jesucristo. Y, de esta manera, se puede vivir la interioridad y el mundo social, considerado no como un mero espectáculo, sino como acontecer que nos afecta, como historia herida y mundo de rostros, como lugar de solidaridad y justicia, como espacio de interioridad y trascendencia. (Cf. Mª. J. MARIÑO, “Recuperar el corazón”, Revista de espiritualidad, 75 (2016) 161-187).

¿Qué hacemos con el tiempo?

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Hay dos modos de vivir el tiempo: a) Los hijos de Kronos, que lo conciben como algo conocido, repetitivo, aburrido; b) Los hijos de Kairós, que lo acogen como novedad, oportunidad, renovación. Y todos navegamos en medio de tres tiempos: el pasado, formado de recuerdos,, el presente, entretejido de conciencia; y el futuro, caracterizado por proyectos. El peligro que tenemos, cuando tenemos una experiencia de separación o de muerte, es quedar atrapados por el pasado, no atesorar el presente y no demostrar interés por el futuro. Así idealizamos el pasado, disipamos el presente y desacreditamos el futuro.
Posiblemente, el mayor riesgo que tenemos es no seguir el camino de la pasión, aquello que intuimos que hemos venido a experimentar en este mundo, independientemente del éxito reconocido, pues lo importante es no desperdiciar la vida. Una cosa que se puede constatar cada día es que las personas que trabajan lo más apasionadamente posible, las que están sometidas a una autodisciplina impuesta, las que, sin dejar de vivir el ahora se lanzan en alcanzar un sueño, son más felices.

¿Desánimo o paciencia?

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La convivencia es fuente de alegría y de enriquecimiento, pero ante las flaquezas propias y ajenas nos ofrecen la posibilidad del propio vaciamiento. Debemos llevar con paciencia las limitaciones. La paciencia se ha excluido de la convivencia social con una campaña de difamación, cuando ella no es timidez, debilidad, impotencia o resignación. “Por el contrario, contiene entre sus ingredientes fuerza de ánimo, fortaleza, resistencia, perseverancia, temple, caràcter. La paciencia no es la virtud de los viejos, de los que han perdido los sueños, sino de los jóvenes con ideales audaces y proyectos arriesgados. El hombre paciente no se rinde ni siquiera ante la derrota; acepta los retrasos, la oscuridad espesa, las contradicciones, los rechazos. Pero no los considera la ‘última palabra’. Cuando todo parece perdido, él no pierde la paciencia. Las obras importantes se comienzan con la paciencia, se prosiguen con paciencia y solo se terminan con paciencia. La paciencia constituye el antídoto especial contra el desánimo. Solamente la paciencia confiere solidez al amor” (M. SÁNCHEZ MONGE, Este es el tiempo de la misericordia, Sal Terrae, Santander 2016, 233). Así, la paciencia es la capacidad de padecer las grandes o pequeñas contradicciones que la vida nos ofrece sin alterarse. Pero como dijo santa Teresa de Jesús, “la paciencia todo lo alcanza”.

¿Podemos aspirar a la santidad?

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Teresa de Lisieux nos ofrece un camino nuevo: “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad. Agrandarme es imposible; tendré que soportarme tal cual soy, con todas mis imperfecciones. Pero quiero buscar la forma de ir al cielo por un caminito muy recto y muy corto, por un caminito totalmente nuevo.

Estamos en un siglo de inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera: en las casas de los ricos, un ascensor la suple ventajosamente. Yo quisiera también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, pues soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección. Entonces busqué en los Libros Sagrados algún indicio del ascensor, objeto de mi deseo, y leí estas palabras salidas de la boca de Sabiduría eterna: El que sea pequeñito, que venga a mí (Pr 9,4).

Y entonces fui, adivinando que había encontrado lo que buscaba. Y queriendo saber, Dios mío, lo que harías con el que pequeñito que responda a tu llamada, continué mi búsqueda, y he aquí lo que encontré: Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo; os llevaré en mis brazos y sobre mis rodillas os meceré (Is 66,13). Nunca palabras más tiernas ni más melodiosas alegraron mi alma ¡El ascensor que ha de elevarme hasta el cielo son tus brazos, Jesús! Y para eso, no necesito crecer; al contrario, tengo que seguir siendo pequeña, tengo que empequeñecerme más y más. Tú, Dios mío, has rebasado mi esperanza, y yo quiero cantar tus misericordias (Sal. 88,2)” (Manuscrito Autobiográfico C, 2 v°-3 r°).

¿Del compromiso al desapego?

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La persona debe desarrollar en plenitud todas sus potencialidades, al mismo ritmo que la totalidad del género humano y el mundo van madurando hacia su plenitud. Todos nuestros esfuerzos de perfeccionamiento, de mejora de las condiciones humanas y de respeto ecológico tienen una función santa y unificante. Pero al mismo tiempo tenemos que ir despegándonos de todo hasta la entrega final en Cristo. Así pues, como dice Teilhard de Chardin, “en el ritmo general de la vida cristiana, desarrollo y renuncia, asimiento y desasimiento no son términos que se excluyan mutuamente. Armonizan entre sí, como en el juego de nuestros pulmones la inspiración del aire y su expiración. Son dos tiempos de la respiración del alma, o, sí se prefiere, dos componentes del impulso mediante el cual el alma continuamente toma pie en las cosas para superarlas”. Pues, precisamente está en esto el sentido de la Cruz en su sentido pleno:”La alianza inseparable de los dos términos: progreso personal y renuncia en Dios; pero a la vez preeminencia constante, y luego final, de lo segundo sobre lo primero”. La vida tiene un término, una dirección, una orientación, una espiritualización que se logra con el mayor esfuerzo: “La doctrina de la Cruz, tomada en su grado superior de generalidad, es la doctrina a que se adhiere todo hombre que este persuadido de que frente a la inmensa agitación humana se abre un camino hacia alguna salida y que este camino es ascendente” (Cf. TEILHARD DE CHARDIN, El medi diví, Nova Terra, Barcelona 1968)

¿El perdón es el gesto más grande que puede realizar el ser humano?

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Podríamos afirmar que el perdón es la última etapa del camino de humanización de toda persona, pues tenemos el ejemplo de Jesús que nos enseña a perdonar al enemigo estando en la cruz y apunto de morir: “Padre, perdónalos, que no saben lo que se hacen” (Lc 23,34) y nos da este mandato a sus discípulos una vez resucitado: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados” (Jn 20, 23).
Enzo Bianchi (1943), fundador y prior de la comunidad monástica Bose (Italia) nos hace una reflexión muy sugerente: “El otro no es el mal, no es su encarnación, no puede ser demonizado: el otro sigue siendo un hombre o una mujer que ha cometido una acción mala; pero cada uno es siempre más grande que el mal cometido. Si no se asume esta mirada, la única salida posible consiste en condenar a muerte al ofensor, negarlo a costa de su destrucción” (E. BIANCHI, Don y perdón, Por una ética de la compasión, Sal Terrae Breve, Santander 2016, 50). Y más adelante, al hablar de la compasión, nos recuerda su importancia: “si la compasión es el sentimiento que impulsa a con-sufrir y compartir los males del otro, ha de reconocerse que es constitutiva de la existencia humana. Sin compasión no podría existir humanización, porque esta es el fruto de la comunicación y de la solidaridad, de la responsabilidad recíproca y de la comunidad de destino entre los seres humanos” (pág. 89).